Cuaderno de Calma

Cómo influye la falta de sueño en la memoria a corto plazo

Un lunes por la mañana de mayo, frente a mis alumnos de tercero, me quedé totalmente en blanco. Estábamos repasando los afluentes del Ebro —algo que hemos repetido cien veces este curso— y, de repente, el nombre de uno de ellos se me borró del mapa. El peso de una noche en vela se sentía como una neblina física entre la pizarra y yo, una barrera espesa que no me dejaba acceder a lo que sé de sobra. Me quedé con la tiza en la mano, mirando los ojos expectantes de veinticinco niños, sintiendo esa sensación de vacío justo detrás de la frente, como si mi cerebro fuera una esponja que ha perdido toda su humedad.

18 de mayo de 2026: ¿Por qué no me acuerdo de nada si no he dormido bien?

Esta es la pregunta que escribí en mi cuaderno esa misma tarde, al llegar a casa. Al principio, yo no pillaba la relación. Pensaba que estar cansada era solo una cuestión de tener ojeras y necesitar más café, pero lo que me pasó en clase me asustó. ¿Me estaba haciendo mayor? ¿Era el estrés del final de curso? Al revisar mis notas de los últimos meses, me di cuenta de que las semanas de mayor 'runrún' mental —esas en las que la ansiedad no me dejaba cerrar el ojo— coincidían exactamente con mis peores despistes en el aula y olvidos domésticos absurdos, como dejarme las llaves puestas por fuera o no saber qué iba a comprar en cuanto cruzaba la puerta del súper.

En el curso online que estoy siguiendo sobre funcionamiento mental, la profesora lo planteaba de una manera muy clara que me ayudó a entenderlo: la memoria no es un cajón donde guardas cosas y ya está, es un proceso biológico vivo que ocurre principalmente mientras no estamos mirando, es decir, cuando dormimos. Si cortamos ese proceso, el sistema se colapsa. No es que te vuelvas menos inteligente, es que tu 'almacén temporal' está lleno y no tiene operarios para mover la mercancía al almacén definitivo.

Primer plano de un cuaderno con dibujos esquemáticos del hipocampo y notas manuscritas.

El hipocampo y el almacén lleno

Lo que el material del curso me aclaró es el papel fundamental del hipocampo. En el módulo tres explicaban que esta estructura funciona como una especie de muelle de carga para los recuerdos nuevos. Todo lo que aprendemos durante el día se queda ahí aparcado de forma provisional. Pero el hipocampo tiene una capacidad limitada. La profesora ponía el ejemplo de la memoria de trabajo, que a veces se asocia al famoso número de Miller: solemos ser capaces de retener unos 7 elementos de forma simultánea antes de que algo empiece a fallar.

Para que ese almacén se vacíe y pueda recibir información nueva al día siguiente, necesitamos el sueño profundo. Durante la noche, el cerebro traslada esos recuerdos del hipocampo a la corteza cerebral, donde se guardan a largo plazo. Si no duermes, el hipocampo sigue lleno. Por eso, cuando intentas aprender algo nuevo o recordar un dato bajo presión, simplemente no hay sitio. Es como intentar meter más archivos en un USB que ya te está dando el aviso de 'memoria llena'.

La estructura del descanso: Ciclos y fases

Antes de ponerme a estudiar esto por mi cuenta, yo creía que dormir era como apagar una bombilla: o estaba encendida o estaba apagada. Pero resulta que el sueño tiene una arquitectura muy precisa. Según los apuntes que tomé, un ciclo de sueño completo dura aproximadamente 90 minutos. En estos ciclos pasamos por diferentes fases, desde el sueño ligero hasta el REM y el sueño profundo.

Para un adulto, lo ideal es completar unos 5 ciclos de sueño cada noche, lo que nos daría esas siete horas y media de las que siempre hablan los médicos. Lo que yo no sabía es que no todas las fases hacen lo mismo por nuestra memoria:

Si te despiertas tras haber dormido solo dos o tres ciclos, te has saltado gran parte del proceso de 'archivado'. Por eso, tras las vacaciones de Semana Santa, cuando el ritmo del colegio volvió a ser frenético y mi ansiedad subió, mis noches se fragmentaron y mi memoria a corto plazo se volvió un colador.

Reloj despertador en una mesilla de noche junto a una acreditación de maestra de escuela.

El error de "recuperar" sueño de golpe

Aquí es donde entra algo que aprendí y que me rompió los esquemas. Es lo que yo llamo el efecto fin de semana. Yo pensaba que, si el martes dormía mal, podía compensarlo pegándome una siesta de tres horas el miércoles o durmiendo doce horas seguidas el sábado. Pero en el curso explicaban que dormir de más tras una noche de insomnio puede fragmentar tu ciclo circadiano, empeorando la retención de información más que una recuperación breve y estructurada.

Resulta que el cerebro prefiere la regularidad a la cantidad bruta. Si le das un atracón de sueño a deshora, desajustas los ritmos de cortisol y melatonina, y al día siguiente tu memoria de trabajo estará igual de espesa. La profesora sugería que es mucho más efectivo volver a la rutina de los 5 ciclos lo antes posible que intentar 'rellenar el depósito' de golpe, porque la memoria consolidada que se perdió esa noche, lamentablemente, ya no se recupera igual.

Mi pequeño experimento en el aula

A mediados de febrero empecé a notar que si no ponía remedio, iba a acabar teniendo la mente dispersa todo el trimestre. Así que decidí hacer un cambio. En lugar de quedarme corrigiendo exámenes hasta las tantas —con el flexo encendido y el picor seco en los ojos mientras intento leer mis propios apuntes—, decidí priorizar completar al menos cuatro o cinco ciclos de sueño, aunque dejara trabajo pendiente.

Después de unas tres semanas de cambios constantes, noté que algo hacía 'clic'. Mi capacidad para retener las anécdotas que me cuentan los niños en el recreo —que son muchas y muy variadas— volvía a ser nítida. Ya no me sentía tan insegura al dar la lección. Entendí que la memoria no es un fallo de mi inteligencia o de mi edad, sino una función biológica que requiere mantenimiento. Ahora, cerrar el cuaderno a tiempo es, para mí, una parte tan importante de la preparación de mis clases como hacer las fotocopias.

A veces, cuando los nervios por la evaluación se me instalan en el pecho, me sirve mucho recordar cómo calmar los nervios antes de ir a trabajar al colegio, porque si bajo las revoluciones antes de entrar en la cama, el sueño es mucho más reparador y, por tanto, mi cabeza funciona mejor al día siguiente.

Vista de Zaragoza al atardecer desde la ventana de una habitación de estudio.

Lo que todavía se me escapa

A pesar de todo lo que he leído y apuntado, hay cosas que todavía no tengo claras. Por ejemplo, en el curso mencionaban que hay personas que parecen funcionar bien con muy pocas horas de sueño sin que su memoria se resienta tanto (los llamados 'short sleepers'), pero no terminaban de explicar si eso es algo genético que se puede entrenar o si simplemente están acostumbrados a vivir a medio gas sin saberlo. Tampoco entiendo bien por qué a veces, aunque duerma las siete horas y media clavadas, si el sueño ha sido muy agitado por pesadillas, la sensación de 'niebla mental' es la misma. Supongo que la calidad del sueño es un mundo aparte que todavía me falta por estudiar.

Como siempre digo en estas entradas, yo solo soy una maestra compartiendo sus apuntes. Si sientes que tus olvidos son muy graves, si te impiden hacer una vida normal o si estás tomando alguna medicación para dormir que creas que te afecta, por favor, consulta con un profesional sanitario. Mi cuaderno es solo una guía de lo que a mí me ha servido para entender mi propia ansiedad y mis despistes, no un diagnóstico.

Al final, lo que me queda claro es que cuidar el descanso es cuidar nuestra identidad. Si no recordamos lo que hemos vivido o aprendido durante el día, nos vamos desdibujando un poco. Si os interesa profundizar en los términos que he usado hoy, podéis echar un vistazo al glosario de términos sobre ansiedad, atención y memoria que preparé hace unas semanas, donde explico mejor conceptos como el cortisol o la plasticidad sináptica.

Estos apuntes los he sacado del curso de entrenamiento mental y neurociencia básica que estoy terminando ahora mismo; me ha servido mucho para poner orden en el caos de mi cabeza.

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