Cuaderno de Calma

Cómo superar el síndrome del impostor y ganar confianza en el colegio

Tengo el rotulador rojo goteando sobre un examen de conocimiento del medio cuando una compañera me pregunta, desde la puerta, si me pasa algo. No sé qué contestarle sin sonar ridícula: llevo la tarde entera convencida de que alguien va a entrar y descubrir que no debería estar aquí dando clase. El síndrome del impostor no avisa, y a mí se me instaló hace tiempo, mientras estudiaba por mi cuenta la ansiedad y la salud mental para entender por qué la inseguridad no se iba aunque acumulara curso tras curso.

Antes de seguir: algunos enlaces de esta entrada llevan etiqueta de afiliado; si os matriculáis a través de ellos, Hotmart me da una comisión y a vosotros no os cuesta más. Solo recomiendo lo que estudio de principio a fin. Y ya que hablamos de bienestar docente: no soy psicóloga ni nada del ámbito sanitario, así que si tenéis diagnóstico o tomáis medicación, la orientación os la da vuestro profesional, no este cuaderno.

¿Por qué el síndrome del impostor no se me quitaba aunque llevara tantos cursos dando clase?

Al principio pensaba que era cosa de falta de preparación, así que me pasaba los domingos enteros preparando materiales que nadie me había pedido. La presión en el pecho no se movía de ahí, apareciendo puntual cada domingo por la tarde mientras corregía cuadernos. En el curso que empecé a estudiar por mi cuenta lo explicaban de otra manera: el síndrome del impostor no es falta de capacidad, sino una distorsión de cómo interpretamos lo que hemos conseguido. La profesora que daba ese módulo insistía en que, en profesiones tan expuestas como la nuestra, sentir que estás en un escenario es de lo más normal.

Se lo comenté a Meritxell, mi compañera de claustro que da música, y ella, que detecta enseguida cuando una explicación tiene un agujero, me preguntó por qué entonces no me pasaba lo mismo delante del claustro entero y sí delante de una sola familia. No supe qué responderle. Lo que sí entendí, gracias al curso, fue que la cabeza estaba usando la alerta para protegerme de un fracaso que ni siquiera existía, y que esa alerta constante, mantenida semana tras semana, acaba tirando de la memoria de trabajo justo cuando más la necesitas: un bucle entre la ansiedad y la atención que no te deja fijarte en lo que sí haces bien.

Lo que todavía no tengo claro: si este runrún se va del todo alguna vez o si simplemente aprendemos a convivir con él sin que nos pare los pies.

Primer plano de un cuaderno de maestra con la pregunta escrita sobre el síndrome del impostor y la inseguridad docente

Un alumno que sabía más que yo, y el aula que se convirtió en un disparador

Ese mismo trimestre tuve a un alumno con altas capacidades intelectuales diagnosticadas que me preguntaba por astronomía cosas que yo no sabía responder. La reacción inmediata fue sentirme diminuta, una maestra de cartón piedra delante de sus propios alumnos. El aula, que hasta entonces era mi sitio, se convirtió sin avisar en un disparador: entraba por la puerta y ya notaba el estómago encogido antes de que sonara el timbre.

Los consejos de siempre dicen que hay que trabajarse la autoestima, pero el curso planteaba algo distinto para estos casos: el síndrome del impostor frente a un alumno con altas capacidades suele venir de un desfase real, porque procesan a otra velocidad que el resto de la clase. La clave no era repetirme frases de ánimo, sino validar la situación desde lo intelectual. No hace falta ser una enciclopedia, decía el material, sino un guía. Aprendí a soltar un "no lo sé, vamos a mirarlo juntos" sin que la autoridad se me cayera al suelo, y a distanciarme del pensamiento de que fallar delante de la clase me convertía en mala maestra, en vez de pelearme con esa idea cada vez que aparecía. Si os pasa algo parecido, a veces ayuda mirar qué hacer cuando tienes la mente dispersa por la presión de responder al momento.

Lo que todavía no tengo claro: cómo quitarme el pinchazo de vergüenza de los primeros segundos después de admitir que no sé algo delante de treinta críos.

Probar un fin de semana sin móvil para "resetear" la cabeza (y por qué no bastó)

Antes de una reunión con unos padres especialmente exigentes, probé algo que había visto recomendar en varios sitios: pasar un fin de semana entero sin móvil para "resetear". Dejé el teléfono en un cajón el viernes por la tarde y cada mañana caminé por el paseo de la ribera del Ebro, sin pantalla y sin nada que mirar. El cuerpo no se enteró del plan: seguía con el pecho apretado y las manos frías, esas señales físicas que la ansiedad manda antes de que la cabeza termine de procesar lo que está pasando. Dormí mal el domingo, y el lunes llegué a la reunión igual de encogida que si no hubiera hecho nada, cosa que después entendí un poco mejor: el curso explicaba que un sueño flojo esos días dificulta que la memoria fije lo que sea nuevo, así que tampoco iba a fijar mucha calma un fin de semana sin pantalla.

Sí me sirvió, aunque no fue tan simple como un paseo, releer mis apuntes sobre cómo vencer la inseguridad al hablar con los padres, sacados en su momento del material de 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad. La idea que más me marcó fue separar mi valor como persona de los resultados académicos de los críos: no tenía que demostrar nada en esa mesa, solo estar del mismo lado que ellos para ayudar a su hijo. Durante la reunión dejé de intentar convencerles de que era la mejor maestra del mundo y empecé a hablar simplemente de lo que veíamos juntos en el chaval, y la sala se relajó bastante rápido. Ese mismo enfoque es el que ahora uso para calmar los nervios antes de ir a trabajar los días que sé que tengo reuniones pesadas.

Lo que todavía no tengo claro: si esa calma durante la reunión fue por la herramienta en sí o porque, para entonces, ya llevaba semanas dándole vueltas al tema en el cuaderno.

Aula de primaria vacía en una tarde de lluvia, reflejo de la inseguridad y el síndrome del impostor antes de ganar confianza

Lo que cambió en la sala de profesores, ocho semanas después de empezar el cuaderno

Llevaba ya ocho semanas llenando este cuaderno cuando pasó algo que se me quedó grabado. En la sala de profesores, un compañero me preguntó a bocajarro qué opinaba yo del cambio en el horario de recreos, sin que me diera tiempo a prepararme nada por dentro. Contesté sin haber ensayado la respuesta ni una vez, y no se me cerró la garganta como me pasaba antes. No sabría decir si fue la cabeza que por fin bajó unas cuantas revoluciones de ruido mental o si simplemente me pilló distraída y no tuve tiempo de ponerme nerviosa, pero algo había cambiado.

En el curso hablaban de regular el ritmo de la respiración para bajar esa activación de golpe, y reconozco que en su momento me pareció un poco simple. Después de estas semanas creo que ayuda, aunque no es lo único que entra en juego: una lectora de Asturias, Covadonga, me escribió hace poco preguntando justo por esto, por cómo notar la diferencia entre estar nerviosa por algo puntual y arrastrar el runrún todo el día, y como es de las que prefiere entender antes de lanzarse a hacer nada, le mandé estos mismos apuntes tal cual los tengo yo, sin prometerle que le fueran a servir igual.

Lo que todavía no tengo claro: si esta tranquilidad en la sala de profesores se sostiene cuando lleguen los primeros exámenes de después del verano, o si el runrún vuelve en cuanto baje la guardia.

El curso escolar se cierra y el cuaderno sigue con hojas en blanco

Cerramos ya el tercer trimestre y el cuaderno tiene más páginas sin escribir de las que me gustaría. Ser maestra, entiendo ahora, no es saberlo todo de memoria (para los nombres y los detalles de cada familia tengo aparte mis notas de Memoria Extraordinaria, que en esto me han salvado más de una vez), sino estar presente aunque la cabeza dude.

El runrún de 2020 no era una señal de que fuera mala profesional, sino de que me importaba demasiado el trabajo que hacía. Sigo notando el frío de la llave del aula cada mañana, pero ya no espero que nadie entre por la puerta a decirme que no debería estar ahí. Si me preguntáis qué me llevo de estos meses de cuaderno, es esto: la inseguridad no se resuelve de golpe ni con un solo truco, se va encogiendo a base de seguir dando clase mientras la miras de frente, un poco cada semana.

Si a vosotros también os paraliza esta sensación en el trabajo, a mí me ayudó bastante estructurar lo que sentía con el material de 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad, que es corto y va al grano para quien no tiene mucho tiempo entre clase y clase. No es magia, pero a mí me dio un mapa para no perderme en mis propios nervios.

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