
22 de octubre: ¿la sensibilidad al ruido en el aula es falta de paciencia o es ansiedad docente?
A un compañero el chirrido de una silla al arrastrarse no le dice nada; a mí me atraviesa como si fuera un portazo. Durante mucho tiempo até esta sensibilidad al ruido a mi carácter, como si aguantar menos fuera cuestión de paciencia, y esa es justo la primera idea que el curso sobre ansiedad me ha desmontado: no es una cuestión de personalidad, es el sistema nervioso, ya cargado de ansiedad docente acumulada, el que decide cuánto ruido cotidiano interpreta como amenaza.
En el curso lo llaman hiperacusia por estrés: cuando el sistema nervioso lleva mucho tiempo en alerta, deja de filtrar bien los sonidos irrelevantes y el cerebro les da a todos la misma importancia, el lápiz que se cae, el susurro de la primera fila, el camión de la basura en la calle. La profesora que lo explica en el curso menciona que la OMS tiene cifras orientativas sobre el ruido de fondo que debería tolerar un aula, aunque en el número exacto no me meto (qué manía la mía de irme por las ramas explicando de más) porque no lo tengo del todo verificado y prefiero no soltar un dato a medias.
Lo que sí me quedó claro es el llamado Efecto Lombard: en cuanto hay ruido de fondo, los niños suben el tono para que se les oiga, yo subo el mío sin darme cuenta, y acabamos todos gritando en un bucle que nadie decidió empezar. Súmale que las aulas suelen tener paredes duras donde el eco tarda en apagarse, y el cerebro tiene que currarse el doble para entender lo que se dice — con la cabeza ya dispersa por la ansiedad, terminas el lunes sin fuerzas. El aula en sí misma se ha convertido en uno de esos disparadores que la ansiedad usa sin avisar, y no siempre es el ruido más fuerte el que más molesta, sino el más inesperado.
A veces la mandíbula se me bloquea y noto un pitido agudo cuando el timbre del recreo suena demasiado cerca del oído; son señales físicas puras. Si a alguien le pasa esto de forma constante o ya tiene un diagnóstico, mejor que lo hable con un profesional de salud mental o con un otorrino — yo aquí solo cuento lo que voy leyendo en mi cuaderno, no soy médico ni nada parecido.

Los auriculares de cancelación de ruido no son la solución que parecen
Otra idea que traía de serie era que la solución pasaba por comprarme unos auriculares de cancelación de ruido y aislarme en el bus o en casa. El curso plantea justo lo contrario: acostumbrar al cerebro al silencio total puede bajar todavía más la tolerancia, porque el propio cerebro sube el volumen de su filtro interno para intentar captar algo, y en cuanto te quitas los cascos cualquier ruidito suena a estallido. La profesora lo resume como recalibrar el umbral poco a poco, no aislarse del todo.
Probé antes con tutoriales de meditación guiada de YouTube, pensando que si llegaba más templada a clase el ruido me afectaría menos, pero el runrún seguía ahí en cuanto sonaba la primera silla arrastrada, así que tampoco fue eso lo que marcó la diferencia.
En cuanto noto que estoy subiendo la voz para hacerme oír por encima del ruido, ese es mi aviso para cambiar a señales visuales, la mano levantada o un código de colores, en vez de seguir compitiendo con el volumen de la clase. Suelo acompañarlo de un par de respiraciones antes de responder, aunque de la parte de la respiración ya escribí aparte y no quiero repetirme aquí.
Hace poco entré a una reunión de tutoría con una familia y, ya en la puerta del aula, me di cuenta de que no llevaba el nudo habitual en el pecho. No sé si es la práctica o la simple costumbre, pero algo ha cambiado.
Se lo comenté a Meritxell, compañera de claustro y profesora de música: al principio puso cara de circunstancias, como diciendo que a ella eso no le pasaba, pero cuando le hablé del filtro auditivo que se estropea con el estrés se quedó pensando y reconoció que los instrumentos desafinados del alumnado le hacen algo parecido.
Los sábados me refugio un rato en la sala de lectura de la Biblioteca de Aragón, que es de los pocos sitios donde el silencio no hay que fabricarlo con nada.

Lo que todavía no tengo claro
Hay algo que en el curso mencionaron por encima y que todavía no tengo asentado: la relación entre el cortisol y cómo reacciona el oído interno cuando el estrés se sostiene en el tiempo. Se queda muy por encima de mi nivel y no sé si es una norma general o algo que le pasa solo a algunos, así que prefiero no explicarlo como si lo dominara.
Tampoco tengo resuelto cómo explicárselo a las familias en una tutoría sin que suene a excusa, eso de que el ambiente sonoro de la clase nos afecta a todos y no es que el niño sea "malo".
Una lectora que me escribió, Covadonga Riesgo, lo contaba con un detalle que parecía sacado de un parte médico: apuntaba hasta el tono exacto de voz que la sacaba de quicio en el trabajo, convencida durante meses de que tenía un problema de memoria hasta que ató cabos con la ansiedad. Me hizo pensar que el agotamiento mental que arrastro algunas tardes va más allá del oído, probablemente también me esté robando concentración y memoria de trabajo, aunque de eso ya escribí aparte en qué hacer cuando tienes la mente dispersa y no logras concentrarte.
Esas noches además duermo peor, y sé que eso también pasa factura a la memoria a corto plazo, aunque no voy a meterme ahí porque no es lo que he estudiado a fondo.
No llega a ser un ataque de pánico, pero entiendo que el camino hacia uno puede empezar justo por ese primer pico de tensión que no sabes nombrar.
Y luego está lo de después: llego a casa y le sigo dando vueltas a lo que ha pasado en clase mientras ceno. Si os pasa igual, tengo apuntado algo sobre cómo dejar de rumiar pensamientos negativos tras un día difícil en el cole, porque el ruido de fuera acaba pareciéndose al ruido de dentro.
Esto lo he ido sacando del curso "sin-ansiedad-y-pánico", que es el que sigo usando de guía para entender mi propia cabeza. No promete soluciones mágicas ni sé si mis apuntes valen para todo el mundo, pero al menos me ayudan a ponerle nombre a lo que me pasa y me quitan un poco de culpa de encima.
Ánimo con lo que queda de trimestre, compañeras y compañeros. Que el ruido no nos quite las ganas de enseñar.