Cuaderno de Calma

Pasos prácticos para controlar ataques de pánico de forma natural

El pecho se cierra antes de que la cabeza entienda que algo va mal. Llevo meses estudiando esto en la libreta, curso a curso, y lo primero que se me quedó grabado es que las prisas por «controlar» un ataque de pánico casi nunca funcionan tan bien como pararse a entender qué está haciendo la mente mientras pasa. No hablo de calmar el cuerpo en caliente —de eso ya se ocupan otros apuntes míos—, sino de lo que se cuece en la cabeza de una maestra con ansiedad y pánico cuando el aula, los exámenes o el silencio de después le disparan la alarma. Tiene que ver con la salud mental de los maestros, con el bienestar emocional del día a día y, aunque no lo parezca al principio, con las técnicas de respiración que se estudian en un módulo bien distinto al mío.

15 de noviembre: la cabeza se va a lo peor en cuanto noto el pecho apretado

Esta es la pregunta que anoté aquella tarde en la libreta de hojas lisas, en la sección marcada con una pestaña de color distinto para cada duda, con la letra todavía temblorosa. Antes de ponerme a estudiar esto en serio, yo pensaba que mi cabeza simplemente «se estropeaba» en esos momentos, una especie de cortocircuito sin explicación. En el curso que hice sobre el funcionamiento de la ansiedad me aclararon que lo que pasa ahí es que la atención se queda enganchada al peligro imaginado —lo que la profesora llamaba el bucle entre ansiedad y atención— y deja de estar disponible para casi cualquier otra cosa, incluida la memoria de trabajo que necesito para seguir dando clase con normalidad.

Probé unos cuantos vídeos de meditación guiada en YouTube antes de meterme en cursos más serios, pensando que bastaría con seguir la voz y respirar detrás de ella. No me sirvió gran cosa: en cuanto el corazón se me disparaba de verdad, la voz del vídeo se convertía en un ruido más, no en un ancla. Lo que sí me quedó claro después es que el problema no es solo la respiración, sino todo el ruido mental que se le monta encima —otro término que fui apuntando en un módulo distinto— y que hace que cualquier técnica, por buena que sea, parezca insuficiente si antes no entiendes por qué la cabeza reacciona así.

Lo que esto tiene que ver con la salud mental de los maestros

Meritxell, una compañera de claustro que da música y con la que coincidí en un curso de formación del profesorado, siempre dice que antes de probar cualquier técnica necesita entender qué la sostiene por debajo, y en esto le doy la razón. Pensar «en bucle» es quedarse dando vueltas a la misma idea catastrófica —«me va a dar algo», «esto no va a parar»— sin que la cabeza consiga cambiar de carril por sí sola. La profesora del curso lo explicaba con un ejemplo que se me quedó: no es que pienses mal una vez, es que la misma frase se repite con variaciones hasta ocupar todo el espacio disponible.

Aquí es donde entra lo que en el curso llamaban «defusión», la idea de mirar un pensamiento catastrófico como lo que es —un pensamiento— y no como una orden que hay que obedecer, y con eso lo dejo, porque ese módulo lo cubre mejor otro cuaderno mío.

Mano tocando la textura del sofá, gesto de conexión con el cuerpo durante un momento de ansiedad y pánico

Reconocer las señales antes de que lleguen a clase

Aprender a distinguir qué momento concreto de la jornada me dispara la alarma antes de entrar en el aula —lo que el curso llama un disparador de aula— fue de los apuntes que más me sirvieron, aunque el porqué de que un día sí y otro no todavía se me resiste.

Cuando el cuerpo empieza a avisar antes de que la cabeza se entere del todo, conviene aprender a leer esas señales para no llegar a clase con la alarma ya disparada, y de eso dejé más apuntado en lo que escribí sobre los síntomas físicos de la ansiedad por estrés laboral en docentes, que profundiza en ese lado mejor que este cuaderno.

Dibujo a mano en un cuaderno con una curva que sube y baja, apunte sobre bienestar emocional durante un ataque de pánico

El sueño me falla más de lo que pensaba, y eso también pesa

También até cabos con el sueño: las noches en que duermo mal, cuesta más que lo aprendido se asiente, y hasta el pánico parece pillarme más a contrapié —de la relación entre el sueño y la memoria a corto plazo ya dejé apuntes en otro sitio, así que aquí lo dejo solo señalado.

Sobre la semana siete de llevar esto al día en la libreta, mi madre me comentó que me notaba más tranquila cuando hablamos por teléfono, y aunque al principio le quité importancia, puede que no ande tan desencaminada.

Una lectora de Asturias, Covadonga, me escribió hace tiempo contando la niebla mental que arrastraba en el trabajo, convencida durante meses de que era un problema de memoria; dejó claro que no quería otro titular con la solución milagrosa de turno, solo entender qué le pasaba, y creo que ahí está la clave de todo esto.

Si me preguntáis qué me llevo de estos meses, no es una técnica concreta: es dejar de tratar cada ataque como una emergencia que hay que apagar ya y empezar a mirarlo como una señal de que la cabeza lleva tiempo acumulando ruido sin que yo la escuchara. Si os pasa algo parecido, no hace falta obsesionarse con encontrar el paso perfecto; basta con empezar a hacerle caso a esa señal.

Bolígrafo rojo sobre exámenes corregidos de primaria, rutina de una maestra con ansiedad y pánico

Lo que todavía no tengo claro

Hay cosas que todavía no tengo bien apuntadas, ni siquiera con los tres colores de subrayador que uso en las fotocopias grapadas de cada módulo para separar lo que entiendo de lo que no. El curso mencionaba términos como el dióxido de carbono en sangre o el nervio vago al hablar de por qué cambia la respiración durante un ataque, pero explicar bien el mecanismo se me escapa todavía —hasta ahí no he llegado, y prefiero no inventarme lo que no entiendo del todo.

Tampoco tengo claro por qué algunos días aguanto bien la tensión del aula y otros no, ni cuánto pesa realmente el café o el azúcar en todo esto; sé que a mí el café por la tarde no me ayuda, pero de ahí a explicar el mecanismo hay un trecho que todavía no he cubierto. Cuando la niebla de después de un ataque no se me va en un rato y me cuesta seguir el hilo en clase, releo lo que fui anotando sobre la mente dispersa y la concentración, que ataca ese lado del problema mejor que estos apuntes.

Escribo esto en la mesa de la cocina de mi piso de San Pablo, junto a la ventana, con la taza siempre a punto de enfriarse mientras releo el módulo de turno.

Si tomáis medicación o tenéis un diagnóstico de por medio, nada de lo que cuento aquí sustituye lo que os diga vuestro especialista; esto son apuntes de una maestra que estudia, no una guía clínica.

Pese a los huecos, sí he sacado algo en claro: entender qué está haciendo la cabeza pesa más que buscar el truco perfecto para pararla en seco.

Estos apuntes salen sobre todo del material de Sin ansiedad y pánico, que es donde mejor me explicaron esta parte más cognitiva de todo el lío.

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