Cuaderno de Calma

Cómo dejar de rumiar pensamientos negativos tras un día difícil en el cole

¿Por qué un comentario de un padre en la puerta del aula puede seguir sonando en tu cabeza seis horas después, cuando ya estás en el sofá y se supone que el día ha terminado? Es la pregunta que más me han hecho compañeras cuando hablamos de ansiedad docente, y durante los seis años que llevo dando clase tampoco tuve una respuesta clara, solo sabía que rumiar pensamientos negativos después de un día difícil me dejaba sin energía para el siguiente.

Antes de seguir, aviso rápido: esto son apuntes de una maestra, no de una psicóloga, y algunos enlaces de este texto son de afiliado — si os matriculáis en algún curso a través de ellos, a mí me llega una comisión y a vosotros no os cuesta ni un céntimo más. Dicho esto, vamos con lo de antes.

Rumiar no es reflexionar: lo que el curso me aclaró

La respuesta que más he subrayado en mis apuntes es esta: rumiar y reflexionar no son la misma cosa, aunque a mí antes me lo parecían. Reflexionar busca una salida a algo concreto; rumiar da vueltas al mismo hueso sin llegar a ningún sitio, como un motor que queda encendido en punto muerto (gasta gasolina, pero el coche no se mueve un centímetro). Según el curso que hice, la mente repite la escena porque cree que así nos protege de un peligro, solo que el peligro ya pasó y el motor se queda encendido de todos modos.

Para una maestra esto tiene un coste muy concreto: la memoria de trabajo que necesito para preparar la clase del día siguiente es la misma que se queda ocupada dándole vueltas al comentario de un padre o a la cara de aburrimiento de la última fila. Qué dispara exactamente ese chispazo dentro del aula da para otro cuaderno aparte; aquí me quedo con lo que pasa después, cuando ya estoy en casa. Y a ese ruido de fondo constante, el que no para aunque quieras apagarlo, ya le dediqué otra entrada entera del cuaderno. Cuando se instala, cuesta arrancar cualquier otra tarea — y ahí es donde entienden mejor los síntomas físicos de la ansiedad por estrés laboral en docentes, porque el cuerpo suele avisar antes de que la cabeza lo note del todo.

Mano anotando en un cuaderno los apuntes sobre rumiación de pensamientos y entrenamiento mental de una maestra

El diario de gratitud que no me quitó el ruido de la cabeza

Una youtuber que sigo desde hace tiempo insistía en que la clave estaba en llevar un diario de gratitud, así que probé: cada mañana, antes de salir de casa, escribía un par de líneas sobre algo que agradecía. El runrún seguía ahí de todos modos. El problema no era la falta de cosas buenas que anotar, sino que escribir un par de frases bonitas no hace nada por el pensamiento concreto que se ha quedado enganchado — es como poner un parche encima de un motor que sigue funcionando por debajo. Lo até con lo que el curso explicaba después: un diario de gratitud trabaja el estado de ánimo general, no la rumiación específica, que pide que identifiques el pensamiento que se repite y hagas algo directamente con él.

Cuando el cansancio de fondo ya pesa, cualquier ejercicio que exija fuerza de voluntad extra rinde menos de lo que promete (el agotamiento mental es otro tema que trato aparte, pero ahí está, empujando por debajo). Me sirvió para entender que no todos los ejercicios de bienestar sirven para todo: uno puede ser muy válido para el ánimo general y flojear justo donde más lo necesitas.

Etiquetar el pensamiento: el entrenamiento mental que sí sostengo

Lo que sí sostengo, aunque me costó llegar a ello, tiene dos partes. La primera es etiquetar: en lugar de decir "soy una mala maestra", digo "estoy teniendo el pensamiento de que soy una mala maestra". Esto tiene un nombre técnico que el curso mencionaba de pasada —defusión cognitiva—, pero yo me quedo con la versión de andar por casa: separar quién soy yo de lo que mi cabeza está proyectando en ese momento.

La segunda parte es darle a la cabeza otra tarea, no pedirle que se calle. Cuando tengo la mente dispersa y no logro concentrarte, un ancla sensorial fuerte me saca del bucle mejor que quedarme solo con la respiración, y es el mismo principio que aplico contra la rumiación: no basta con observar el pensamiento, hay que darle a la cabeza algo que compita en intensidad con él.

Hace poco me lo preguntó, con otras palabras, Alberto, un amigo de la carrera que ahora da clases de historia en un instituto y que siempre ha sido bastante escéptico con esto de la psicología divulgativa: sus alumnos de bachillerato no aguantan ni diez minutos con la cabeza puesta en un tema, y quería saber si tenía que ver con la ansiedad o solo con el móvil. Como es de los que si algo le pica se lo estudia por su cuenta, volvió pocos días después con preguntas bastante más técnicas de las que yo esperaba. Ahí es donde entra lo que el curso llama el bucle atención-ansiedad: cuando la cabeza está en alerta, cuesta sostener el foco en cualquier cosa que no sea la amenaza. Y ese mismo bucle es el que deja seca la memoria de trabajo, tanto la de un alumno como la de un profesor corrigiendo exámenes a las diez de la noche.

Esto no es lo mismo que un ataque de pánico —eso sigue un patrón distinto que ya desgloso en otro cuaderno— pero comparte ese ingrediente de la cabeza en alerta constante. Y si la rumiación se cuela también de noche, ahí ya no solo pierdes horas de sueño: pierdes la fase en la que la memoria ordena lo aprendido durante el día, otro tema que dejo para su propia entrada.

Lo que sí puedo contar es que mi madre me dijo hace poco, sin que viniera mucho a cuento, que me notaba distinta, más tranquila; al principio le quité importancia, pero puede que tenga razón. Cuando salto de la rumiación a otra cosa, lo que mejor me funciona es algo físico y con ritmo propio: calzarme y salir a caminar por el Canal Imperial de Aragón hasta que la cabeza deja de repetir la escena por su cuenta.

Ventana con lluvia y una planta pequeña, imagen sobre la salud mental de los maestros en un día de baja energía

¿Domina tu Ansiedad o Memoria Extraordinaria? Los apuntes que más usé de cada uno

De los dos cursos que más he usado para estas notas, cada uno sirve para una cosa distinta y no los metería en el mismo saco. De Domina tu Ansiedad o te dominará a ti saqué casi todo lo que cuento aquí sobre el porqué de la rumiación: explica el mecanismo con calma, sin tratarte de tonto, aunque el título sea más agresivo que el contenido. De Memoria Extraordinaria saqué la parte que conecta esto con la memoria de trabajo y la concentración, que para una maestra que corrige hasta tarde es media batalla.

Un lector de Madrid, Demetrio, que suele compartir estos apuntes en sus grupos de Telegram de productividad, me escribió hace poco preguntando cuál de los dos elegiría si solo pudiera quedarse con uno. Le contesté lo mismo que os digo a vosotros: si lo que os quita el sueño es entender por qué la cabeza se engancha a un pensamiento, empezad por Domina tu Ansiedad; si lo que notáis es que la concentración y la memoria se os van cuesta abajo por culpa del ruido de fondo, Memoria Extraordinaria es el que más he subrayado.

Lo que todavía no tengo claro

Con todo lo anterior, hay una parte que se me sigue escapando: qué hacer cuando lo que dispara la rumiación no es un pensamiento distorsionado, sino un problema real del centro (falta de recursos, ratios altas, lo que sea) que no depende de mí por mucho que entrene la cabeza. Ahí ninguna técnica de etiquetado arregla la parte de fuera, y no os voy a vender que sí. Tampoco tengo del todo resuelto qué pasa cuando la rumiación viene acompañada de algo más serio, un diagnóstico o medicación de por medio (para eso, estos apuntes no bastan, y lo que toca es hablarlo con un profesional, no con el cuaderno de una maestra).

Si al llegar a casa la cabeza os sigue centrifugando lo que ha pasado en el aula, no sois los únicos, y la salud mental de los maestros da para muchas más entradas de las que me caben en un solo cuaderno. Me quedo con la comparación de hoy: forzar a la mente a callarse no funciona igual que darle una tarea nueva a la que agarrarse. Suerte con lo que os quede de curso.

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