Cuaderno de Calma

Técnicas útiles para vencer la inseguridad al hablar con los padres

Cuatro páginas de un informe de evaluación, seguidas, sin que se me fuera la cabeza ni una sola vez: até cabos con esa cifra hace unas seis semanas, revisando papeles antes de una tutoría. Llevo un tiempo dando clase en un colegio público de Zaragoza, y hasta hace poco cualquier papel con el apellido de una familia complicada me dejaba dispersa antes incluso de abrirlo. Este cuaderno va de cómo estoy aprendiendo a vencer la inseguridad que se me dispara nada más ver ciertos nombres en la agenda de tutorías, de por qué la ansiedad en el trabajo se concentra justo en esa media hora de reunión, y de qué entrenamiento mental me ha servido de verdad para plantarles cara.

Antes de seguir, aviso rápido: en esta libreta voy dejando lo que saco de cursos que hago por mi cuenta para entender mejor mi propia cabeza. Algunos enlaces que vais a ver me dejan una comisión pequeña si os apuntáis, sin que a vosotros os cueste nada extra, y solo cuelgo aquí lo que yo misma he terminado y me ha servido de verdad. No soy psicóloga ni nada del ámbito sanitario, así que si tenéis un diagnóstico o tomáis medicación, la referencia siempre es vuestro profesional, no estas notas.

¿Por qué cuesta tanto vencer la inseguridad cuando es un padre quien levanta la voz?

Hay una tutoría en concreto que tengo clavada. Estaba explicando cómo estaba organizado el currículo de primaria para justificar por qué no íbamos a repetir un examen, algo que me sabía de memoria, y a media frase se me quedó la cabeza completamente vacía. El padre me miraba esperando que terminase, y yo notaba el calor subiéndome por el cuello, como si a los treinta y pocos volviera a ser la niña que odiaba salir a la pizarra.

Según contaban en el curso, ahí entra la amígdala cerebral, que tiene que ver con cómo reacciona el cuerpo cuando algo se interpreta como una amenaza. El porqué exacto no lo tengo del todo claro, la profesora no entró mucho más en el mecanismo y yo tampoco quiero inventarme lo que no sé. Lo que sí me quedó claro es la idea del bucle entre ansiedad y atención: cuanto más nerviosa te pones, menos atención te queda, y cuanta menos atención tienes, más nerviosa te pones. No era un tema de preparación ni de tener clara la materia — de hecho la tenía clarísima —, sino una respuesta del cuerpo que se dispara sola.

Mano dudando antes de abrir la puerta del aula, gesto ligado a la ansiedad en el trabajo docente

El fin de semana sin móvil que no cambió nada

Antes de dar con este curso probé por mi cuenta a desconectar del todo un fin de semana entero, sin móvil, convencida de que así iba a resetear la cabeza antes de una semana cargada de tutorías. Dejé el teléfono en un cajón el viernes por la tarde, di paseos largos por el Parque del Tío Jorge el sábado y el domingo, y lo recuperé el domingo por la noche. El lunes, con la primera familia ya sentada delante de mí, el nudo volvió exactamente igual que siempre. Ahí entendí que el problema no era de saturación ni de necesitar desconectar, sino de una creencia de fondo — la de que cualquier duda que me plantee un padre demuestra que no valgo para esto —, y esa creencia no se va sola por dejar el teléfono en un cajón ni por caminar un rato junto al río.

El ruido mental tiene una estructura, según el curso

Unas semanas después empecé un material que lo planteaba de otra manera. La profesora decía que la inseguridad no es un rasgo fijo de personalidad sino ruido mental, algo que se puede desglosar en piezas más pequeñas en lugar de intentar apagarlo entero de golpe, y que buena parte de esto son habilidades comunicativas muy concretas, entrenables, no cuestión de carácter. Se lo comenté a Meritxell, compañera de claustro y profesora de música, que suele mirar estas cosas con bastante escepticismo hasta que algo le cuadra, y en cuanto le mencioné que una de las herramientas iba de separar el hecho de la interpretación en el momento en que pasa, se quedó pensando y dijo que a ella también le pasaba eso en las reuniones de departamento.

Ahí entra también eso de que la memoria de trabajo se vacía en cuanto suben los nervios. Lo tengo desarrollado en otro cuaderno mío, así que aquí lo dejo solo apuntado.

Apuntes de entrenamiento mental y habilidades comunicativas en el cuaderno de una maestra

¿Sirve entrenar la memoria antes de una tutoría difícil?

Una lectora de Asturias, Covadonga, me escribió hace poco un mensaje larguísimo, con un detalle casi de parte médico, contándome cómo se le borraban los argumentos a media reunión en su trabajo de administración pública. Leyéndola pensé que describía casi exactamente lo mismo que me pasaba a mí frente a ciertos padres, aunque el contexto no tuviera nada que ver con un aula. Le respondí que a mí me ayudó bastante centrarme en la parte de memoria, no tanto para memorizar datos de un alumno como para aprender a organizar la información antes de que llegue el momento de necesitarla bajo presión. Ahí fue donde entró Memoria Extraordinaria, un curso que no está pensado para la ansiedad en concreto pero que trabaja bien cómo estructurar lo que sabes para que no se te escape justo cuando más lo necesitas, con valoraciones sólidas aunque nada espectaculares.

También metí un hábito más corto entre el final de las clases y la primera tutoría del día, sobre todo cuando llego con las defensas ya bajo mínimos después de toda una mañana dando clase: un parón de unos minutos que saqué de Reset Mental, más pensado para bajar revoluciones en general que para la parte de estudio, pero que me sirve de transición antes de sentarme con una familia.

Lo que cambió en la última reunión del curso

Escribo esto ya con la luz de la tarde entrando sesgada por la persiana, cortando en tiras finas el cuaderno abierto sobre la mesa de la cocina, con los subrayados de tres colores que fui dejando módulo a módulo.

La reunión más difícil del trimestre, con una familia que suele ponerse beligerante por sistema, la cerré este curso sintiendo que llevaba yo el ritmo de la conversación. No es que ellos cambiaran — seguían igual de tensos —, es que por dentro ya no estaba librando la misma batalla de siempre. Me quedé con el hecho y no con la interpretación, y el pulso no se me disparó ni una vez. Buena parte de la estructura que uso para prepararme la saqué de mis apuntes del curso 4 Herramientas para Vencer la Inseguridad, que es corto pero va directo a cómo se desmonta esa inseguridad que nos frena antes de empezar.

Si sentís que la inseguridad os está comiendo terreno con las familias, mi consejo, que es solo eso, un apunte de cuaderno, no una verdad absoluta, es que no esperéis a que se arregle sola con el tiempo: a mí la experiencia me dio recursos didácticos, pero no me quitó el nudo por sí sola, hizo falta ponerle una estructura encima. Lo que todavía no tengo claro es por qué hay días en los que, aun sabiendo todo esto, el cuerpo reacciona antes que la cabeza; supongo que son capas que no se vacían de golpe. Si os interesa el tema desde el lado del aula en general, tengo otro cuaderno sobre cómo gestionar la ansiedad en el aula, y si lo vuestro va más por el cuerpo que por la cabeza, están mis notas sobre los síntomas físicos de la ansiedad en docentes. Poco a poco, que esto de entender la propia cabeza no se aprende en un curso ni en cuatro.

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