Cuaderno de Calma

Cómo gestionar la ansiedad en el aula siendo maestra de primaria

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Preparar una clase con la cabeza despejada y prepararla con la ansiedad zumbando por dentro son dos oficios distintos, aunque el temario y la clase sean exactamente los mismos. Durante mucho tiempo no supe ponerle nombre a esa diferencia, y por eso escribo estos apuntes sobre ansiedad docente: no para daros una técnica de calma rápida, sino para entender qué le pasa a la mente de una maestra cuando el bienestar en el aula se tambalea. La respuesta corta, la que me habría ahorrado muchos lunes, es esta: el disparo casi nunca viene de un susto grande, sino de una acumulación de avisos pequeños que se pueden aprender a reconocer. En eso consiste, para mí, el trabajo real sobre la salud mental de quienes damos clase: menos apagar fuegos y más ver de dónde sale el humo.

Un aviso antes de seguir, que va por delante siempre: aquí no soy psicóloga ni terapeuta, solo una maestra que estudia por su cuenta y va anotando lo que entiende. Algunos enlaces a cursos están etiquetados como afiliados; si te matriculas a través de ellos, la plataforma me paga una comisión y a ti no te cuesta ni un céntimo más. Y si tomas medicación o tienes un diagnóstico, lo primero es hablarlo con tu médico.

Lo que de verdad me disparaba la ansiedad en clase

Antes de ponerme a estudiar esto, yo creía que la ansiedad llegaba de golpe, como un resfriado: un día amanecías con ella y punto. Me costó ver que en el aula casi nunca funciona así. Lo que a mí me disparaba no era un momento concreto, sino un goteo — el niño que se levanta por tercera vez, el ruido del pasillo, la sensación de ir con el horario pegado a los talones, el temario que no cierra. Cada aviso, por sí solo, es minúsculo. Juntos, y repetidos hora tras hora, dejan el cuerpo en un estado de alerta que ya no distingue entre un pupitre arrastrándose y una amenaza de verdad.

A esto es a lo que llamo, en mi cuaderno, el disparador del aula, y lo importante que aprendí es que se puede señalar. En unos apuntes sobre hábitos que saqué de Reset Mental lo planteaban como un sistema de alerta que se ha quedado encallado en modo supervivencia: no es tu enemigo, es un mecanismo que se disparó por algo y se olvidó de apagarse. Ahí venía la parte que me cambió la manera de entrar en clase — intentar aplastarlo con más disciplina, poniéndome más seria o exigiéndome más orden, solo echa más leña. Preparar la clase con ese piloto automático de la ansiedad ya encendido hace que cualquier imprevisto pese el doble.

Entrenamiento mental y memoria de trabajo: por qué se me iban los pasos

Durante bastante tiempo pensé que estaba perdiendo memoria, sin más. Me quedaba en blanco a mitad de una explicación, o no recordaba qué niño me había pedido salir al baño dos minutos antes, y lo achacaba al cansancio o a la edad. La conexión con la ansiedad no la veía por ningún lado.

El material que más me aclaró esto fue Memoria Extraordinaria, que conecta la concentración, la memoria y el manejo del ruido mental en lugar de tratarlos por separado. La idea que subrayé en tres colores fue esta, tal cual la planteaban: la preocupación ansiosa — eso que en el curso llaman el worry — ocupa recursos de la memoria de trabajo, sobre todo en velocidad de procesamiento, y deja menos capacidad disponible para lo que tienes entre manos. Dicho en cristiano: si media cabeza está vigilando amenazas, la otra media es la que te queda para dar la clase. Por eso, en los días de más ansiedad, se me iban pasos de una explicación que llevo años dando — no era la memoria, era el ancho de banda ocupado.

Se lo conté a Meritxell Planas, compañera de claustro y profe de música, que antes de probar nada quiere entender el mecanismo por dentro. Le expliqué lo del worry y la memoria de trabajo mientras corregíamos, y me dijo que por fin le encajaba por qué los días de exámenes se le olvidaban las cosas más tontas. A ella entender el porqué le vale más que cualquier técnica suelta, y en eso nos parecemos.

Algo parecido me escribió Covadonga Riesgo, una lectora de Asturias que trabaja en administración pública. Llevaba meses convencida de que tenía un problema serio de memoria por la niebla que sentía en el trabajo, y no lo había atado a la ansiedad hasta que leyó una de estas entradas. Es de las que desconfían de las soluciones rápidas y de los titulares que prometen demasiado, y me lo dijo sin rodeos, así que le respondí lo único honesto: que esto no es un truco, es entender de dónde viene la niebla.

Hay un agravante que solo se entiende estando delante de una clase: ese ruido mental se multiplica cuando tienes treinta alumnos mirándote y encima llegas tensa desde el patio. De cómo suena por dentro escribí más despacio en mi cuaderno de maestra y la ansiedad.

Maestra corrigiendo exámenes con bolígrafo rojo, uno de los momentos donde la ansiedad docente aprieta

Probar un fin de semana sin móvil y darme de bruces

Una de las cosas que probé, y que no me sirvió de nada, fue pasar un fin de semana entero sin móvil para "resetear". La teoría sonaba bien: dos días de desconexión y el lunes entraría nueva. Lo que ocurrió fue que el domingo por la noche el nudo en el pecho estaba justo donde lo había dejado el viernes, quizá un poco más apretado de tanto vigilar si se me iba. El reset no existió.

Lo que fallaba en mi planteamiento me lo terminó de ordenar Domina tu Ansiedad: la clave no es dejar de sentir ansiedad, sino dejar de tenerle miedo a la sensación. Cuando montas un fin de semana con la misión de "quitártela", le estás mandando al cuerpo el mensaje de que hay algo urgente que arreglar, y eso es justo lo que la mantiene encendida. No se trataba de forzar la calma, sino de dejar de tratar cada pinchazo de ansiedad como una emergencia.

Entender esa parte me quitó más peso que cualquier desconexión. De cómo la ansiedad me iba comiendo la concentración lo dejé más desarrollado en concentración y ansiedad, que es otra pata del mismo asunto.

Lo que todavía no tengo del todo claro

No quiero dar la sensación de que esto ya lo tengo dominado, porque no es verdad. Lo que más se me resiste es desconectar al llegar a casa: hay tardes en que sigo dándole vueltas a si los niños me habrán notado el pulso acelerado, aunque ellos, la mayoría de las veces, ni se enteren.

Luego está el aula de verdad, la de alta complejidad, donde el consejo estándar se cae solo. En un grupo con muchas necesidades o con imprevistos cada diez minutos, eso de "respira y busca tu centro" suena casi a broma. De retazos de Sin Ansiedad y Pánico saqué una idea que sí me vale para esos días: en un entorno imprevisible, la gestión no es evitar el caos, es volver antes al equilibrio, que el pico de estrés no se te quede pegado toda la tarde. Aun así, aplicarlo con la clase encima sigue siendo otra liga.

La otra pelea es con esa voz que suelta "deberías saber controlar esto ya"; poco a poco intento verla como lo que es, un pensamiento de paso y no una orden, aunque todavía me pilla desprevenida más veces de las que me gustaría. Y aquí el recordatorio de siempre, que no me canso de dejar por escrito: esto son apuntes de estudio, no una pauta. Si tomas medicación, tienes un diagnóstico o notas que te sobrepasa, quien tiene que decirte qué hacer es un profesional, no mi cuaderno.

Aula de primaria con pizarra y pupitres vacíos, escenario del bienestar en el aula y la salud mental de los maestros

Estos apuntes son un mapa, no una norma

Escribo esto por las tardes, en la mesa de casa del piso de San Pablo, junto a la ventana, con el cuaderno de pestañas de colores y las fotocopias de los módulos subrayadas delante. Un domingo, hacia la cuarta semana de ir llenando esas hojas, me sorprendí un buen rato tumbada mirando cómo la luz de la tarde se movía por el techo, sin ir por delante repasando la semana entera que me esperaba. No fue una gran revelación ni un antes y un después; caí luego, sin más, en que hacía tiempo que un domingo no se me iba en planificar el lunes.

Si me tengo que quedar con una sola idea de todo esto, es la que le paso a cualquier compañera que me pregunta: antes de buscar una técnica para calmarte, ponle nombre a tu disparador. Fíjate si lo que te tensa es el ruido, el horario pegado, un alumno concreto o la sensación de no llegar, porque no se gestiona igual un aula ruidosa que una tarde de correcciones. Nombrarlo, aunque no lo resuelvas en el momento, ya evita que el pico se te quede encima el resto del día. Ese es, para mí, todo el entrenamiento mental que de verdad se nota en clase.

El material del que más apuntes saqué, y con el que empezaría si volviera a arrancar de cero, fue Memoria Extraordinaria: no trata la mente como una pieza aislada, sino como algo que hay que proteger del ruido de alrededor, y fue el que me dio las preguntas buenas para empezar. No es una solución mágica ni lo vendo como tal; son los apuntes que a mí me ordenaron la cabeza. Si algo de esto te suena de cerca, ánimo, que entenderlo ya es la mitad del camino.

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