
Son casi las once de la noche en mi piso de Zaragoza y el cierzo golpea la ventana de la cocina con esa mala uva que tiene a veces. Estoy sentada con un cuaderno nuevo, de esos de espiral y hojas cuadriculadas que tanto usamos en el cole, y un bolígrafo que no deja de hacer clic-clic-clic en mis manos. Intento ponerle nombre a ese nudo que tengo en el pecho, uno que no se ha ido ni con las vacaciones de agosto ni con el silencio de la casa. Llevo 6 años dando clase en primaria y, aunque sé explicar el ciclo del agua a niños de ocho años, no sé explicar por qué me aterra abrir un correo de un padre o por qué mi cabeza parece una pizarra borrada a medias cuando intento planificar el trimestre.
Antes de seguir, os cuento una cosa de maestra a alumnos: algunos enlaces de este cuaderno están etiquetados. Si acabáis matriculándoos en algún curso a través de ellos, la plataforma Hotmart me abona una pequeña comisión, pero a vosotros no os sube el precio ni un céntimo. En este cuaderno solo termino anotando lo que estudié de principio a fin y me ha servido de verdad; lo que no completé o no me convenció, ni lo menciono. Yo no soy psicóloga, ni terapeuta, ni médico; soy una maestra que se ha puesto a estudiar su propia mente porque el ruido ya no me dejaba vivir. Si tú tienes un diagnóstico o tomas medicación, por favor, haz caso siempre a tu profesional de salud mental.
Día 1: ¿Por qué siento que me falta el aire si no está pasando nada malo?
Esta fue la primera pregunta que escribí en mi libreta a finales de agosto de 2025. Venía de un verano raro. Recuerdo el inicio del runrún en 2020, cuando el cole pasó a distancia y me sentía una impostora tratando de organizar el caos de mis alumnos desde una pantalla mientras mi propia calma se deshacía. Yo pensaba que la ansiedad era algo de gente 'nerviosa' o con 'falta de carácter', como se decía antes en mi casa. Creía que era una rabieta de adultos que se curaba con un 'aguántate y punto'.
Lo que aprendí en los primeros módulos es que la ansiedad no es un defecto de fábrica, sino un sistema de defensa que se ha quedado encallado. En el curso que empecé explicaban que la amígdala cerebral, que es como el vigilante de seguridad de nuestro cerebro, decide que un correo electrónico de dirección es tan peligroso como un león en mitad del pasillo. El profesor lo planteaba de esta manera: tu cuerpo se prepara para correr o pelear, y como estás sentada frente a un portátil, toda esa energía se convierte en ese nudo en el pecho, similar a un acordeón apretado que no te deja inspirar hondo.

Lo que todavía no tengo claro: Aunque entiendo la teoría de que es una respuesta evolutiva, aún se me escapa por qué a unas personas se nos 'dispara' por cosas tan pequeñas y a otras no les afecta ni que se hunda el mundo. Supongo que hay una parte de genética o de historia personal que los cursos todavía no me han terminado de aclarar.
Noviembre de 2025: El ruido mental y la memoria de trabajo
Llegó noviembre y con él la lluvia y el cansancio acumulado. En las tutorías me sentía dispersa. Ese día apunté: ¿Por qué no puedo concentrarme ni para leer un libro de diez páginas? Intenté leer un manual técnico de psicología en octubre y tuve que abandonar en la página tres porque las palabras bailaban sin sentido. Sentía el sudor frío en las manos cada domingo al oír la sintonía del telediario, marcando el fin de la tregua del fin de semana y el inicio de la tortura de intentar recordar todo lo que tenía que hacer.
Aquí fue donde el curso Memoria Extraordinaria me dio la clave, y eso que al principio pensaba que era solo para aprenderse listas de la compra. Resulta que la memoria de trabajo tiene una capacidad limitada. Se suele decir que podemos manejar unos siete elementos de información a la vez. El problema es que, cuando tenemos ansiedad, cinco o seis de esos 'huecos' están ocupados por pensamientos intrusivos: "¿Lo estaré haciendo bien?", "Mañana tengo que hablar con ese padre", "¿Y si me quedo en blanco?". Solo nos queda un hueco libre para la tarea real, y por eso sentimos que no nos enteramos de nada.
Para los que somos maestros o estamos estudiando oposiciones, esto es fundamental. A veces nos recomiendan meditar para calmarnos, pero si tienes el cerebro hiperestimulado por el estudio o el ruido de veinticinco sillas arrastrándose en clase, el silencio absoluto puede ser peor porque deja vía libre a esos pensamientos feos. En el curso aprendí que a veces necesitamos un 'enfoque activo' antes que el silencio. Es decir, darle a la mente una tarea técnica para que deje de fabricar miedos.
Lo que todavía no tengo claro: Me cuesta distinguir cuándo mi falta de memoria es por la ansiedad y cuándo es simplemente que me estoy haciendo mayor o que el ritmo de vida que llevamos en el colegio es, sencillamente, inabarcable para cualquier ser humano.
Febrero de 2026: El ciclo del cortisol y las mañanas de tutoría
A mediados de febrero, durante una racha de tutorías complicadas, mi pregunta del cuaderno fue: ¿Por qué los lunes por la mañana son el peor momento de mi existencia? Literalmente, me despertaba a las seis con el corazón a mil antes incluso de poner un pie en el suelo. Pensaba que era algo psicológico, puro miedo al trabajo.
En los apuntes de los cursos que he ido haciendo, como Reset Mental, explicaban la importancia del cortisol. Esta hormona del estrés suele presentar sus niveles más altos en sangre durante las primeras horas de la mañana para ayudarnos a despertar. El problema es que, si ya partimos de una base de estrés crónico, ese pico de la mañana nos desborda. No es que odies tu vida (bueno, a lo mejor un poquito los lunes), es que tu química está gritando antes de que te tomes el café.

Para manejar esto, empecé a aplicar lo que llamaban hábitos de 'bajada de revoluciones'. En lugar de mirar el móvil nada más despertar (que es como meterle gasolina al fuego del cortisol), intento hacer algo manual. Preparar el desayuno con calma, notar el olor del café, o incluso ordenar los lápices de colores que me traigo del cole para sacarles punta. Parece una tontería, pero ayuda a que el cuerpo entienda que no hay una emergencia real.
Lo que todavía no tengo claro: Me sigue costando mucho no caer en la tentación de mirar el grupo de WhatsApp del trabajo a primera hora. Es como una adicción al estrés que no sé muy bien cómo romper del todo, por mucho que sepa que me hace daño.
Mayo de 2026: Las últimas semanas y la inseguridad
Estamos terminando mayo y el cansancio es de ese que se pega a los huesos. Mi última entrada importante en el cuaderno dice: ¿Por qué después de seis años sigo dudando de si soy buena maestra cada vez que un niño se porta mal? Esta inseguridad es el alimento favorito de mi ansiedad. Es un círculo vicioso: me siento insegura, me pongo ansiosa, me concentro peor, cometo un error y eso confirma que 'no valgo'.
He estado revisando materiales sobre cómo vencer la inseguridad. Hay un curso que menciona 4 herramientas específicas para esto, y aunque todavía estoy en ello, me ha servido para entender que la perfección no es una meta, sino una trampa. Podéis leer más sobre cómo esto afecta al día a día en este otro artículo de mi cuaderno: Concentración y ansiedad: lo que mi cuaderno de maestra me enseñó tras meses de estudio.
Lo que me aclaró este tramo del estudio es que la ansiedad se alimenta de la incertidumbre. Como maestras, nos enfrentamos a cien decisiones por hora. Si intentamos que todas sean perfectas, el sistema colapsa. Aprender a decir "esto está suficientemente bien" ha sido la lección más difícil de mi vida, mucho más que las oposiciones.
Lo que todavía no tengo claro: ¿Cómo se diferencia la humildad de la falta de autoestima? A veces me paso de frenada y no sé si estoy siendo realista con mis fallos o si me estoy machacando sin necesidad. Supongo que eso se aprende con los años, y no solo con cuadernos.
Conclusión: Dejar de pelear para empezar a estudiar
Si algo he aprendido en estos meses es que la ansiedad no se va porque tú se lo ordenes. Se va (o se calma) cuando la entiendes como si fuera un alumno difícil en clase: con paciencia, observando qué la dispara y dándole herramientas para que no tenga que gritar para que le hagas caso. Mi cuaderno sigue abierto y todavía quedan muchas hojas en blanco. No busco ser una experta, solo busco que el olor a tiza y el sonido de las sillas de mi clase vuelvan a ser música y no una señal de alarma.
Si sientes que tu cabeza va a mil y que la memoria te falla justo cuando más la necesitas, te recomiendo mucho que le eches un ojo al curso Memoria Extraordinaria. Potencia tu mente para el éxito. Tiene una valoración de 4.3 y, aunque no es un curso de psicología médica, a mí me ayudó a entender por qué mi cerebro se bloqueaba y cómo volver a tomar el control de mi atención. Ha sido, sin duda, la base de la mayoría de mis apuntes.
Y recordad, compañeros: si el nudo no suelta, hablad con un profesional. Nosotros estamos para enseñar, pero también tenemos derecho a aprender a estar bien.