
Cierro la cremallera de la mochila con las llaves todavía enredadas entre los dedos y me quedo un segundo parada, notando ese apretón conocido en el estómago antes de bajar a coger el coche. Es un ritual que llevo tiempo intentando meter dentro de mi idea del bienestar docente y la gestión del estrés, aunque hay mañanas en las que ese propósito se me olvida en cuanto pongo un pie en la calle.
En casa nunca se hablaba de esto. Los nervios se aguantaban y punto, sin ponerles nombre. Así que cuando ese runrún se instaló de verdad, mi primer instinto fue buscar algo que lo apagara ahí mismo, en el momento en que aparecía. Con el tiempo entendí que hay dos caminos distintos para esto, y que yo llevaba tiempo metida solo en uno de ellos.
Lo que probé para la gestión del estrés antes de entender el porqué de los nervios
Cinta, una amiga que conocí en el foro de comentarios de uno de los primeros cursos que hice, me escribió un día, tarde, como suele hacer ella, porque su cabeza tampoco para cuando cae la noche, proponiéndome apuntar tres cosas por las que estar agradecida antes de dormir. Lo probé durante bastante tiempo. Ayudaba a cerrar el día de otra manera, sí, pero el lunes por la mañana, delante del colegio, el nudo seguía apareciendo exactamente igual. Entendí entonces algo que se me había pasado por alto: una cosa es aflojar la cabeza antes de dormir, y otra muy distinta es lo que se dispara nada más aparcar el coche frente al colegio.
Por qué la cabeza se engancha en el mismo bucle justo antes de entrar a clase
En uno de los módulos que hice, la profesora explicaba que la ansiedad no es solo un sentimiento suelto, sino que engancha la atención en un bucle que cuesta cortar. De eso ya fui apuntando aparte, así que aquí lo dejo solo mencionado. Lo que sí puedo contar es que el cuerpo se adelanta: el cortisol anda de por medio nada más despertarse, aunque explicarlo a fondo no me toca en esta entrada. El sistema nervioso autónomo también mete baza, y cualquier pensamiento sobre el lunes le manda una señal al cuerpo antes de que la cabeza termine de decidir si hay motivo real para alarmarse.

Esos síntomas físicos de la ansiedad por estrés laboral en docentes se me notan sobre todo en la memoria de trabajo: cuando ese bucle está activo se me olvidan tonterías, como dónde he dejado el borrador de la pizarra, y lo relaciono con la ansiedad quitándole sitio a recursos que necesitaría para otras cosas —algo que dejo apuntado con más calma en los ejercicios de memoria para adultos con estrés que también recojo en este cuaderno—. Lo que dispara la alarma justo al cruzar la puerta del aula es otro tema que prefiero desarrollar aparte, así que aquí lo dejo solo anotado.

Frenar los nervios en el momento o entender por qué aparecen
Frenar el nudo ahí mismo tiene su función: contar hasta diez, cambiar el foco de golpe, cualquier cosa que corte el impulso justo cuando el timbre está a punto de sonar. En el curso metían de refilón la idea de la defusión cognitiva: separar lo que una piensa de lo que una es, pero es un tema que da para una entrada entera y no quiero quedarme a medias aquí. Si lo que buscas es que ese nudo aparezca cada vez menos, y no solo que se calle un rato, hace falta el otro camino: entender qué dispara la alarma y por qué la cabeza decide que hoy toca alerta máxima.
La última reunión de tutoría que tuve con una familia la crucé sin esa opresión previa en el pecho, y tardé un par de segundos en darme cuenta de que llevaba todo el trayecto hasta la puerta del aula caminando suelta, sin repasar mentalmente lo que iba a decir.

Los apuntes de ese módulo los leí sobre todo una tarde en la Biblioteca de Aragón; el resto de las veces reviso el cuaderno en la mesa de la cocina de casa, con los marcadores de colores que uso para no perderme entre tanta anotación y el café enfriándose al lado, casi siempre olvidado.
Todavía se me escapan varias piezas
Sigo sin tener nada claro si este segundo camino funciona igual de bien cuando el estrés no viene del runrún de siempre, sino de un conflicto concreto con una familia o un compañero. Edurne Garai, una compañera del mismo curso que trabaja de enfermera en Bilbao, fue la primera en decirme que eso de reetiquetar la sensación se le queda corto cuando lleva encima un turno larguísimo, y no le falta razón, porque yo tampoco lo he probado en esas condiciones. Si a alguien esto le suena a algo más que nervios de trabajo, si ya hay un diagnóstico o medicación de por medio, esto son apuntes de una maestra estudiando su propia cabeza, no la orientación de nadie cualificado: eso hay que hablarlo con quien lleve el seguimiento de verdad. Ese ruido de fondo que no siempre es ansiedad pura, sino más bien un runrún constante, lo desarrollo más en mi cuaderno de maestra y la ansiedad, así que aquí me quedo solo con la superficie.
Elegir el camino según el momento

Con el tiempo he dejado de buscar una única receta y me quedo con la idea de elegir según el momento: recursos rápidos cuando no hay margen para pensar, y ratos de estudio de verdad cuando sí lo hay, para ir entendiendo el mecanismo en vez de solo taparlo. Todo esto son apuntes que voy sacando de los cursos que voy haciendo, no una fórmula cerrada para dominar tu ansiedad de un día para otro. La salud mental se construye apuntando, corrigiendo y volviendo a apuntar, mucho más que de una sola vez. Sigo sin tener el mapa completo, pero cada entrada de este cuaderno me deja un poco menos perdida delante de la puerta del colegio.