
Un recreo de media mañana en cualquier colegio público de Zaragoza no es precisamente un remanso de paz. El patio se convierte en un mar de abrigos de colores y gritos agudos, y noto como el pecho se me empieza a cerrar mientras intento vigilar la zona de los columpios. El olor a tiza seca en mis dedos, ese que se te queda pegado a la piel, se mezcla con el aire gélido del cierzo mientras intento contar cabezas en el patio para asegurarme de que todo está en orden.
Antes de seguir, os cuento una cosa: algunos de los enlaces que veréis aquí están etiquetados. Si termináis apuntándoos a un curso a través de ellos, Hotmart me da una pequeña comisión, pero a vosotros no os cuesta ni un céntimo más. Solo os hablo de lo que yo misma he estudiado y tengo anotado en mi cuaderno; si un curso no lo terminé o no me convenció, ni aparece por aquí.
22 de marzo de 2026
¿Por qué me pongo tan nerviosa en el patio del colegio si solo son niños jugando?
Antes de ponerme a estudiar esto por mi cuenta, yo pensaba que simplemente me estaba haciendo mayor o que ya no tenía paciencia. Me sentía fatal porque, a ver, soy maestra de primaria, se supone que los niños me encantan. Pero llegaba la hora del recreo y me entraba una angustia que no sabía de dónde venía. En el curso Reset Mental, que es de donde saqué la mayoría de estos apuntes, explicaban que no es falta de vocación, sino una respuesta biológica pura y dura.
Resulta que el nivel de ruido en un patio escolar puede alcanzar fácilmente los 85 decibelios. Para que os hagáis una idea, eso es casi como tener una segadora encendida al lado de la oreja durante los 30 minutos que dura el recreo. En el curso planteaban que cuando hay tanto estímulo visual y auditivo, el cerebro entra en un estado de «sobrecarga sensorial». Es como si el procesador de un ordenador se calentara demasiado porque tiene abiertas mil pestañas a la vez.

Lo que el curso me aclaró sobre mi cabeza
Lo que yo no pillaba al principio es por qué me costaba tanto tomar decisiones rápidas en el patio (como cuando dos niños se pelean por un balón). En los materiales que estudié, decían que la ansiedad activa el sistema nervioso simpático. Esto hace que el flujo sanguíneo se desvíe de la corteza prefrontal —que es la parte que usamos para pensar con lógica— hacia las zonas más primitivas del cerebro. Vamos, que te quedas en modo «supervivencia» y por eso sientes la cabeza dispersa.
Además, yo me pasaba el rato haciendo un «mapa mental» de posibles puntos de conflicto: la esquina de los columpios, el murete de la entrada, el grupo de quinto que siempre corre demasiado... Me preguntaba si mis compañeros veían un simple patio de juegos o si ellos también veían un mapa lleno de peligros. Resulta que ese hipervigilancia es agotadora y consume muchísima energía mental.
Si alguna vez habéis sentido que después de clase no podéis ni pensar, quizás os interese leer sobre qué hacer para eliminar la niebla mental después de clase, porque a mí me pasaba exactamente eso después de las guardias de patio.
El error de las técnicas de respiración en el momento menos oportuno
Una tarde de lluvia el pasado marzo, intenté aplicar lo que leía en internet sobre respiración profunda. El problema fue el «cuándo». Intenté cerrar los ojos para aplicar una técnica de respiración en el pasillo, justo antes de salir, y casi me atropella una fila entera de tercero de primaria. Ahí aprendí que no todas las técnicas valen para todos los momentos.
En el curso de Reset Mental sugerían algo mucho más práctico para nosotros: los micro-hábitos de transición. En lugar de intentar meditar en medio del caos, se trata de aprovechar esos tres minutos entre que dejas la tiza y sales al estruendo. Yo lo que hago ahora es tocar una superficie fría (la barandilla de hierro de la escalera, por ejemplo) y recordarme que el ruido que voy a oír es solo eso, ruido, no una amenaza real. Parece una tontería, pero ayuda a que el sistema nervioso no salte a la primera de cambio.

Por cierto, si esto de la tensión en el pecho os suena demasiado familiar, recordad que yo soy maestra, no médico. Si sentís que la ansiedad os supera o tenéis un diagnóstico, lo mejor es que lo habléis con un profesional de la salud mental. Yo solo os cuento lo que voy aprendiendo en mis ratos libres para intentar entenderme mejor.
La importancia de los ratios y el espacio
A veces nos culpamos de nuestra ansiedad sin tener en cuenta el entorno. La normativa dice que el ratio máximo es de 25 alumnos por aula en primaria, pero en el recreo se juntan varios niveles. Estamos hablando de cientos de niños moviéndose a la vez. No es que tú seas débil; es que el entorno es objetivamente estresante. Cuando el timbre del final del recreo deja de sonar, a veces me queda ese pitido sordo y persistente en los oídos que me indica que mi sistema ha llegado al límite. Si te pasa mucho, tal vez te sirva echar un ojo a estos consejos sobre cómo manejar la sensibilidad al ruido en clase.
Un ángulo que no había considerado: la neurodivergencia sensorial
Aquí es donde el curso me abrió los ojos de verdad, y es algo que también aplico a mis alumnos. A veces pensamos que la ansiedad se cura solo «pensando en positivo», pero para personas con cierta sensibilidad sensorial (o estudiantes con neurodivergencia), las técnicas estándar de enfoque mental fallan. ¿Por qué? Porque el ruido y el movimiento constante saturan su sistema nervioso de una forma física.
Lo que aprendí es que en esos casos se requiere «aislamiento sensorial inmediato» en lugar de ejercicios de respiración. Para un niño (o para una maestra en su descanso), esto puede ser simplemente ir al baño un minuto, lavarse las manos con agua fría y buscar un rincón con menos luz. No es que no quieran integrarse, es que su cerebro necesita un reset manual.

Esto me ayudó mucho a no sentirme culpable por querer estar sola cinco minutos después del patio. A veces, para recuperar la claridad, hay que entender que el agotamiento no es solo mental, sino también físico. Si quieres profundizar en esto, a mí me sirvió mucho lo que anoté sobre cómo recuperar la claridad en el día a día.
Lo que todavía no tengo claro
Aunque he mejorado mucho desde que empecé mi cuaderno a finales del segundo trimestre, hay cosas que todavía se me escapan. Por ejemplo, la profesora del curso planteaba que se puede entrenar la atención selectiva para ignorar el ruido de fondo, pero a mí me sigue costando horrores cuando hay más de tres focos de conflicto a la vez. No sé si es falta de práctica o si hay un límite real en lo que el cerebro puede filtrar.
Tampoco tengo claro cómo gestionar esa «resaca emocional» que te queda después de un recreo especialmente movido. A veces la adrenalina tarda horas en bajar, y eso me afecta a la hora de dar la siguiente clase. Supongo que es algo en lo que tendré que seguir indagando.

Si os sentís identificados con este runrún constante, os recomiendo que empecéis vuestro propio cuaderno. A mí los apuntes de Reset Mental me dieron una estructura que no tenía. También tengo algunas notas del curso Memoria Extraordinaria sobre cómo el estrés afecta a lo que recordamos, que es otro tema que me tiene fascinada. Al final, se trata de conocernos un poco más para que el cierzo y los gritos del patio no nos lleven por delante.
Recordad, si sentís que el nudo en el estómago no se va ni al llegar a casa, no dudéis en consultar con vuestro médico. Estas herramientas son apoyos, pero no sustituyen el consejo de un profesional.