
Son las nueve menos cinco y el pasillo todavía huele a cera y a ese frío seco de la calle que se cuela por la entrada principal. Tengo la mano en el tacto frío del pomo metálico de la puerta mientras escucho el murmullo creciente de veinticinco niños al otro lado; es ese instante exacto donde el nudo aparece.
20 de noviembre de 2025: ¿Por qué me duele la tripa si me gusta mi trabajo?
Hoy ha sido un lunes de esos grises en Zaragoza, con el cierzo avisando y yo con una sensación en el abdomen que no me dejaba ni desayunar el café tranquila. Antes de empezar a estudiar esto por mi cuenta, yo pensaba que ese nudo era una señal de que algo estaba mal conmigo o de que no estaba preparada para la sesión, a pesar de llevar ya seis cursos dando clase. Me sentía culpable, como si fuera una novata.
En el curso que hice sobre ansiedad (el de Enrique Jurado, que lo explicaba de forma muy sensata), aprendí que lo que yo llamo 'nudo' no es un fallo de mi carácter, sino una respuesta física de mi sistema nervioso ante la anticipación. Resulta que en el sistema nervioso entérico tenemos unos 100 millones de neuronas. Es literalmente nuestro segundo cerebro. Cuando mi mente detecta que voy a entrar a un entorno de 'atención dividida constante' —que es lo que hacemos las maestras al vigilar a 25 alumnos a la vez—, mi cuerpo desvía la sangre de la digestión hacia los músculos. El nudo es, simplemente, mi estómago deteniéndose porque mi cerebro cree que vamos a una batalla.
Lo que todavía no tengo claro es por qué unos días el nudo se siente como una piedra y otros como un aleteo. Supongo que dependerá de cuánto haya descansado o de si el domingo le di demasiadas vueltas a la programación de la semana.

12 de enero de 2026: El error de intentar 'solucionar' el nudo
Primer lunes tras las vacaciones de Navidad. El nudo ha vuelto con una fuerza increíble. He intentado lo de siempre: respirar hondo, muy hondo, para que se fuera. Pero me ha pasado lo que explicaban en el material: esa opresión punzante justo debajo de las costillas parece cerrarse más fuerte cuanto más intento respirar hondo frente a mis alumnos. Es desesperante.
Aquí viene lo que me rompió los esquemas (y que es un poco contrario a lo que te dice todo el mundo): intentar calmar conscientemente el nudo estomacal mediante técnicas de relajación profunda suele aumentar la ansiedad. ¿Por qué? Porque al intentar 'quitarlo', le estás diciendo a tu cerebro que ese nudo es un peligro, un problema que necesitas solucionar ya. Y el cerebro, al ver que te preocupas, manda más señales de alerta. Es un círculo vicioso.
En el curso lo planteaban de esta manera: el nudo no es el enemigo, es solo un mensajero que ha llegado pronto a la cita. Si intentas echarlo a patadas, se agarra más fuerte al pomo de la puerta. He aprendido que es mejor dejarlo estar ahí, como quien tiene un vecino pesado en el rellano pero no le abre la puerta del todo. Si te pasa esto de forma muy recurrente o te impide hacer vida normal, por favor, no dejes de consultar con un profesional de la salud mental; yo solo soy una maestra que apunta lo que aprende en sus ratos libres.
15 de mayo de 2026: La técnica de los tres puntos de apoyo
Estamos en pleno pico de evaluaciones y el cansancio se nota. Gestionar el aula en este estado requiere un esfuerzo extra. El nudo ha aparecido hoy antes de la clase de mates. En lugar de luchar contra él, he probado lo que llamo 'la estrategia de los tres puntos', que saqué de mis apuntes del entrenamiento mental.
- Contacto físico real: Antes de girar el pomo, noto mis pies en el suelo del pasillo y mi mano en el metal frío. Eso me saca de la cabeza y me devuelve al cuerpo.
- Aceptación del nudo: Me digo a mí misma: 'Hola, nudo. Ya sé que estás aquí porque quieres protegerme, pero ahora voy a dar clase'. No intento que se vaya, solo le hago un hueco.
- Respiración de mantenimiento: En lugar de buscar respiraciones profundas imposibles que solo me tensan más, simplemente observo mi frecuencia respiratoria. Un adulto en reposo suele estar entre 12-16 respiraciones por minuto. No busco el zen, solo busco no hiperventilar.
A veces, cuando la cabeza se me va a lo que pasará si no termino de corregir a tiempo, me ayuda recordar lo que escribí sobre cómo dejar de rumiar pensamientos negativos tras un día difícil, porque lo que pensamos por la tarde influye directamente en el nudo de la mañana siguiente.

22 de junio de 2026: El balance final antes del verano
Última mañana de junio. El colegio ya huele a despedida y a vacaciones. Hoy no ha habido nudo. Al final, lo que he aprendido en estos ocho meses es que el nudo en el estómago es una respuesta biológica normal ante la responsabilidad de tener a 25 personitas a tu cargo durante sesiones lectivas de 45 minutos sin apenas descanso. El sistema simpático está 'on' todo el rato, y eso tiene un precio físico.
Entrar al aula con el nudo 'aceptado' en lugar de 'combatido' ha cambiado totalmente mi paciencia. Antes llegaba ya agotada de pelear conmigo misma en el pasillo. Ahora, aunque el nudo aparezca, entro con otra actitud. Ya no me trato de tonta por sentir nervios después de seis años. Si te sientes así, que sepas que no estás sola en el claustro, aunque a veces parezca que todas mis compañeras tienen una armadura de hierro.
Lo que todavía se me escapa es cómo desconectar ese modo de 'alerta' más rápido cuando llego a casa. A veces el nudo se deshace, pero se queda una especie de sombra. Supongo que eso será para el cuaderno del curso que viene. Por ahora, me quedo con que no necesito que el nudo desaparezca para ser buena maestra; solo necesito saber que es una reacción de mi cuerpo y que puedo convivir con ella mientras explico las fracciones o los ecosistemas.
Todo esto que os cuento lo he ido extrayendo y masticando de los apuntes que tomé en el curso de "Sin Ansiedad y Pánico". No es una verdad absoluta, es solo lo que a una maestra de Zaragoza le ha servido para no entrar a clase con el corazón en la boca cada mañana.