Cuaderno de Calma

Pasos para vencer la inseguridad en reuniones de claustro siendo maestra

Levanto la mano a medias, en plena reunión de claustro, y la bajo otra vez antes de que nadie llegue a verla. Tengo clara la idea, algo sobre el proyecto de convivencia del centro, pero el brazo pesa como si tuviera plomo dentro, y me quedo callada. Otra vez. Llevo tiempo dándole vueltas a este bloqueo muy concreto, el que aparece delante de mis compañeros y no delante de treinta críos de nueve años, y he ido apuntando en mi cuaderno lo que distintos cursos sobre ansiedad social y gestión emocional me han explicado sobre por qué pasa y qué se puede hacer con ello. Esto es el resumen ordenado de esos apuntes, pensado para cualquier maestra de primaria que sienta ese mismo nudo cuando le toca hablar delante del claustro.

El claustro como disparador de ansiedad social

La explicación que más subrayé viene de un curso sobre ansiedad social que hice hace tiempo: el claustro es, por definición, el órgano de decisión del centro tal y como lo recoge la LOMLOE, así que no es un café entre compañeras, es un espacio donde lo que dices puede quedar recogido en un acta. La profesora que daba ese módulo insistía en que el cerebro no distingue demasiado bien entre esa presión formal y un peligro real, y ahí nace el nudo en el estómago. No es un fallo de carácter ni depende de los años que lleves delante de una clase: es una reacción bastante predecible una vez sabes dónde mirar, y saber dónde mirar es, para mí, la base de cualquier bienestar docente que se sostenga en el tiempo. Lo distingo, además, del bloqueo que me puede dar delante de los peques en clase, que es un disparador distinto y que dejo apuntado en otra entrada del cuaderno.

Cuaderno de apuntes con anotaciones sobre cómo perder la inseguridad antes de hablar en el claustro

Preparar la intervención sin sobreprepararla

Antes solía llevarme la intervención escrita en un post-it, convencida de que así iría más segura. El curso planteaba justo lo contrario: preparar la frase exacta con antelación alimenta la idea de que tienes que salir perfecta o te van a juzgar, y eso multiplica el ruido mental antes de entrar por la puerta del comedor donde nos reunimos. Probé también, durante una temporada, tomar una infusión de valeriana y pasiflora todas las noches antes de dormir, pensando que llegaría más entera al día siguiente; no cambió gran cosa en cómo reaccionaba en el momento de levantar la mano, así que lo dejé. Lo que sí parece importar, según lo que fui leyendo, es cuánto has dormido la noche anterior —hay apuntes sobre cómo la falta de sueño afecta a la memoria a corto plazo, algo que también dejé anotado aparte. Si además llegas con el depósito de la jornada ya vacío, después de horas de clase, la inseguridad pesa más: el cansancio acumulado no ayuda nada a la hora de encontrar la palabra que buscas. El ritmo de la respiración, aunque tiene su propio hueco en otro apunte, también entra en la ecuación —no es magia, es simplemente bajar las pulsaciones antes de que te toque el turno de palabra.

En el momento de hablar, esto es lo que cambia

Cuando por fin me llega el turno, noto primero el cuerpo: las manos algo frías, el pecho apretado, la voz que sale más floja de lo que querría. Son señales físicas bastante típicas de la ansiedad y tienen su propio capítulo aparte en mis apuntes, así que aquí solo las nombro. Lo que sí uso en ese instante es algo que aprendí sobre la amígdala: es la parte del cerebro que salta antes de que te dé tiempo a pensar, dispara la alarma y, si no la sigues alimentando con pensamientos catastróficos, se va calmando ella sola. El curso lo llamaba una especie de arco: sube, y si no lo empujas, baja. Ahí aparece el problema real, que es la memoria de trabajo: la parte que necesitas para encontrar la palabra siguiente se queda ocupada gestionando la alarma, y por eso a veces se te escapa la frase justo cuando más la necesitas. Lo que me sirvió fue una especie de distancia con el pensamiento: mirar el "me voy a trabar" como una frase que pasa por la cabeza y no como un hecho consumado, sin fundirme con ella. Y cuando ese pensamiento vuelve —y suele volver— ahí está ese bucle entre la ansiedad y la atención que te devuelve una y otra vez al mismo sitio, en vez de dejarte escuchar lo que dice la persona de al lado.

Mano de una maestra apoyada en la mesa del claustro buscando un punto de anclaje antes de hablar

La rumia que llega después de intervenir

Lo que peor llevo, incluso ahora, es el silencio de después: si nadie dice nada justo cuando termino de hablar, la cabeza empieza a darle vueltas a si he dicho una tontería. Es lo que el curso apuntaba como el patrón de la rumia, y tiene su propio módulo que todavía no he terminado de repasar del todo. Lo curioso es que, cuando consigo levantar la mano y decir lo que pienso sin haberlo escrito antes en un post-it, el alivio no se queda solo en la reunión: se nota también al día siguiente, en cosas como llegar más tranquila al colegio por la mañana, porque le has quitado peso a la opinión de los demás. Y muchas veces, si rasco un poco, debajo de la inseguridad en el claustro hay algo parecido al síndrome del impostor: la sensación de que, aunque llevas ya tiempo delante de una clase, en cualquier momento alguien se va a dar cuenta de que no sabes tanto como aparentas.

Lo que todavía no tengo claro

Todavía no sé explicar bien por qué me pasa más con compañeros de perfil más autoritario, aunque sean encantadores tomando café, y sospecho que ahí hay algo jerárquico que ese curso no llegó a tocar. Tampoco tengo una fórmula para el cansancio acumulado de fin de trimestre, cuando cualquier reunión pesa el doble solo por la hora que marca el reloj. Lo que sí puedo decir es que algo ha cambiado, aunque sea despacio: hay domingos en los que ya no repaso mentalmente la semana entera antes de dormir, me quedo mirando la luz del techo y ya está, sin la lista de pendientes dándome vueltas en la cabeza. Si tomas medicación para la ansiedad o tienes un diagnóstico, esto que cuento no sustituye lo que te diga tu médico o tu psicóloga: son apuntes de una maestra que estudia esto por su cuenta, no una pauta clínica.

Apago la pantalla al terminar el módulo y, de fondo, solo queda un rumor sordo de coches subiendo la calle, mientras anoto en el cuaderno la pregunta que me llevo para la próxima entrada. Estos apuntes salen de un curso sobre ansiedad social y gestión emocional que hice hace tiempo, y no son una norma para nadie más que para mí —pero si a alguien le sirve para que la mano no le pese tanto la próxima vez que quiera hablar en el claustro, mejor que mejor.

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