
Un domingo por la tarde de febrero, me encontré sentada frente al ordenador con la programación de Naturales abierta y la mente saltando de un pensamiento a otro sin lograr escribir una sola línea coherente. Tenía el tacto frío del café olvidado sobre el escritorio de madera mientras releía por quinta vez la misma frase de la guía didáctica, incapaz de procesar qué quería que hicieran mis alumnos con las partes de la planta. Sentía esa presión sorda justo en el centro del esternón, como si tuviera un nudo de corbata demasiado apretado antes de abrir el correo del colegio.
Os cuento esto porque, aunque soy maestra y se supone que sé cómo se aprende, a veces se me olvida cómo funciono yo. Antes de seguir, un apunte: algunos enlaces de este cuaderno están etiquetados. Si acabas matriculándote en algún curso a través de ellos, Hotmart me abona una comisión sin que a ti te cueste más. Solo anoto lo que yo misma he estudiado y probado; lo que no terminé, no lo veréis aquí. Y por supuesto, si tomas medicación o tienes un diagnóstico, lo primero es siempre tu médico; yo solo soy una maestra compartiendo sus apuntes de estudio.
¿Por qué me quedo bloqueada frente al papel en blanco si sé perfectamente lo que tengo que enseñar?

Esta es la pregunta que escribí en mi cuaderno tras las vacaciones de Semana Santa. Me sentía fatal. Pensaba: «Si no soy capaz de concentrarme para diseñar una ficha de tercero de primaria, ¿cómo voy a gestionar a veinticinco niños mañana en el aula?». Esa cifra, la ratio máxima de 25 alumnos que tenemos en los colegios públicos, me pesaba como una losa. En el curso que hice sobre memoria, explicaban que este bloqueo no suele ser falta de conocimientos, sino una saturación de lo que llaman la memoria de trabajo.
Según aprendí en los materiales del curso Memoria Extraordinaria, nuestra memoria de trabajo es como una mesa de escritorio pequeña: si la llenas de papeles (preocupaciones por el lunes, ruidos de la calle, el correo del director), no queda sitio para trabajar en la tarea real. La profesora del curso planteaba que el estrés crónico reduce la eficiencia de esta memoria. Yo creía que era pereza, pero resulta que mi cerebro estaba usando toda su energía en gestionar la ansiedad del 'runrún' y no dejaba nada para la planificación. Es algo que también me pasaba cuando intentaba mejorar la concentración para corregir exámenes sin sentir ansiedad; el mecanismo es el mismo.
Lo que el curso me aclaró sobre la 'ceguera temporal' y la parálisis

Durante las últimas semanas de junio, con el cansancio acumulado de los 175 días lectivos obligatorios, entendí un concepto clave para los que tenemos cierta tendencia a la dispersión o incluso un TDAH no siempre bien gestionado: la ceguera temporal. A veces, los consejos de gestión del tiempo fallan porque ignoran que para algunos de nosotros, el tiempo no es una línea, sino un 'ahora' o un 'todavía no'.
Intenté usar una aplicación de técnica Pomodoro con un sonido de tic-tac constante que acabó provocándome un inicio de taquicardia por la presión del tiempo. El curso me enseñó que, en lugar de forzar el reloj, hay que trabajar la regulación emocional y la estimulación sensorial. En el curso lo explican así: si tu mente está en modo 'alerta', no puede entrar en modo 'foco'. Lo que yo necesitaba no era una agenda más bonita, sino bajar las revoluciones de mi sistema nervioso para que mi memoria pudiera volver a funcionar. Si os sentís así al terminar la jornada, os recomiendo echar un ojo a qué hacer para eliminar la niebla mental después de clase cada día, porque a mí me dio pistas muy buenas.
¿Cómo he empezado a organizar mi escritorio (mental y físico)?

Hace apenas unos días de agosto, preparando el inicio del nuevo curso, he aplicado lo que ponía en mis apuntes. No es una norma mágica, pero a mí me sirve. Primero, acepto que la parálisis por análisis existe. Si tengo diez libros de texto abiertos, me bloqueo. El curso de Memoria Extraordinaria (que por cierto tiene una valoración de 4.3 sobre 5 por algo) insiste mucho en reducir la carga cognitiva externa.
- Limitar estímulos: Nada de música con letra ni ruidos de reloj.
- Fragmentación: No planificar 'Naturales'. Planificar 'las tres frases de la introducción de las plantas'.
- Anotar el ruido: Si me viene un pensamiento ansioso sobre un padre o una reunión, lo apunto en una hoja aparte para 'sacarlo' de mi memoria de trabajo.
Esto me ha ayudado a no sentir que estoy escalando el Moncayo cada vez que abro el portátil. Aun así, os digo que no es un camino lineal. Hay días en los que el agotamiento puede conmigo, y es normal. En esos momentos, lo mejor es parar y buscar cómo superar el agotamiento mental y recuperar la claridad antes de seguir forzando.
Lo que todavía no tengo claro

Aunque he mejorado mucho, todavía no tengo claro cómo gestionar esos picos de ansiedad cuando surge un imprevisto en el colegio que rompe toda mi planificación semanal. El curso me dio herramientas para la memoria y el foco, pero la parte de la 'flexibilidad cognitiva' ante el caos del aula todavía se me escapa un poco. Supongo que eso me tocará estudiarlo en el siguiente cuaderno.
Si os veis reflejados en esto de querer concentraros y sentir que vuestra cabeza es una radio mal sintonizada, os diría que no os culpéis. No es falta de vocación ni de capacidad. A veces solo necesitamos entender las piezas de nuestra propia máquina. Casi todo lo que he aplicado estos meses para recuperar mi capacidad de atención lo saqué de mis apuntes del curso Memoria Extraordinaria. Potencia tu mente para el éxito. No hace milagros, pero te explica el 'porqué' de las cosas, y a las maestras nos gusta mucho que nos expliquen bien el porqué.
Espero que estos apuntes os sirvan para que vuestro próximo domingo de planificación sea, al menos, un poco más tranquilo que el mío de febrero.