
Una mañana de martes, frente a la pizarra, me quedé mirando a un alumno de los de siempre y su nombre se borró por completo de mi cabeza. Fue un silencio de apenas cinco segundos, pero me pareció una eternidad bajo los fluorescentes del aula. Sentía el tacto frío de la tiza en los dedos mientras buscaba en mi mente una palabra tan sencilla como 'hipotenusa' y solo encontraba un vacío blanco, como si alguien hubiera pasado un borrador por mi cerebro.
No es que me esté haciendo mayor antes de tiempo, es que el 'runrún' de ansiedad que arrastro desde 2020, cuando todo se volvió del revés, se ha instalado en mi memoria. Empecé a notar que perdía las llaves, dejaba frases a medias y vivía en una niebla mental constante que no se iba ni con tres cafés. Como soy maestra, no pude evitar abrir mi cuaderno y empezar a investigar qué nos pasa por dentro cuando el trabajo nos desborda.
15 de febrero de 2026: ¿Por qué se me olvidan cosas tan simples si antes no me pasaba?
Esta fue la primera pregunta que apunté en mi libreta después de aquel episodio con la tiza. Antes de ponerme a estudiar esto, yo creía que simplemente estaba perdiendo facultades o que no me esforzaba lo suficiente por prestar atención. Pero en los cursos que he ido haciendo, la explicación es mucho más física y menos 'culpable' de lo que pensaba.
En el curso lo explicaban así: cuando vivimos con un estrés mantenido, nuestro cuerpo produce cortisol de forma constante. Según lo que planteaba la profesora del módulo de neurociencia, el exceso de cortisol crónico puede afectar la neuroplasticidad en el hipocampo, que es precisamente el área del cerebro responsable de formar nuevos recuerdos. No es que tu memoria sea mala, es que tu cerebro está tan ocupado gestionando la 'amenaza' (el estrés del cole, los padres, las correcciones) que no tiene energía para archivar dónde has dejado el coche.

También aprendí algo sobre la memoria de trabajo. Existe lo que llaman la Ley de Miller, que dice que nuestra capacidad para retener información inmediata es de 7 ± 2 elementos. Si tengo a 25 alumnos en clase (el ratio máximo que manejamos en primaria), y a eso le sumo las incidencias del recreo, el informe que me pide el director y mis propios nervios, mi memoria de trabajo se satura. Es como un vaso que rebosa; lo último que entra hace que lo primero se caiga.
Lo que todavía no tengo claro: No sé cuánto tiempo tarda el hipocampo en 'limpiarse' de ese cortisol una vez que bajas el ritmo. Supongo que no es algo de hoy para mañana, y me pregunto si el daño es reversible al cien por cien o si siempre quedará una pequeña tendencia al despiste.
20 de marzo de 2026: ¿Es normal sentir que tengo 'niebla' en la cabeza todo el día?
Lo que yo llamo niebla, en el material del curso lo definían como un mecanismo de defensa. Cuando el cerebro opera en modo supervivencia por la ansiedad, prioriza las funciones vitales y la detección de peligros sobre el pensamiento abstracto o la memoria de precisión. Por eso, a veces, cuando intento recordar una tarea pendiente, siento esa presión en el centro del pecho, justo debajo del esternón, que se aprieta y me bloquea todavía más.
Aquí es donde aprendí algo que me cambió el chip: mi enfoque de 'desconexión total' estaba equivocado. Yo intentaba salir del cole y hacer un bloqueo abrupto, como si pudiera apagar un interruptor. Sin embargo, el curso sugería que un cerebro estresado procesa mejor la transición gradual. Si intentas pasar de cien a cero en un segundo, el cerebro se queda 'rebotando' en los problemas del día. Es mejor hacer actividades que sirvan de puente, como caminar un poco antes de llegar a casa o escuchar algo de música tranquila, para que la información se asiente en lugar de quedar flotando en esa niebla.
Os cuento esto porque a veces nos machacamos pensando que somos inútiles, cuando en realidad solo estamos saturadas. Eso sí, como siempre digo en mis apuntes, si notas que estos olvidos te impiden hacer una vida normal o si tienes un diagnóstico médico, lo primero es hablar con un profesional de la salud. Yo solo soy una maestra que toma notas para entenderse mejor.
10 de mayo de 2026: ¿Hay algún truco para no olvidar lo que tengo que hacer en clase?
A mediados de esta primavera, mi cuaderno se llenó de estrategias de 'descarga cognitiva'. En el curso lo planteaban de esta manera: no uses tu cerebro para almacenar datos, úsalo para procesarlos. Si mi memoria de trabajo ya está al límite con los 25 niños, no puedo pedirle que además guarde la fecha de la próxima reunión de nivel.
He empezado a aplicar lo que aprendí sobre cómo mejorar los problemas de memoria por cansancio mental cada tarde, que básicamente consiste en externalizar todo. Si no está en mi agenda o en un post-it pegado en la tapa del ordenador, no existe. Al principio me sentía un poco 'torpe' dependiendo tanto de los papeles, pero la profesora explicaba que, al liberar espacio, la memoria natural vuelve a brotar poco a poco porque ya no tiene que cargar con tanto peso muerto.

Curiosamente, he notado que al dejar de forzar la memoria 'a pulso', me rallo menos. A veces, dejar de rumiar pensamientos negativos tras un día difícil en el cole es la mejor medicina para que, a la mañana siguiente, los nombres de los ríos o las tablas de multiplicar me salgan sin esfuerzo. La ansiedad se alimenta de la presión que nos ponemos para ser perfectas.
Lo que todavía no tengo claro: Me cuesta distinguir cuándo un olvido es por puro cansancio físico (de ese de no haber dormido bien por los nervios de los lunes) y cuándo es un síntoma de ansiedad más profundo. Supongo que van de la mano, pero a veces me gustaría saber cuál es el hilo del que tengo que tirar primero.
Reflexiones finales de mi cuaderno
Cierro el curso escolar con una sensación agridulce, pero con mucha más paz. He aprendido que la memoria es lo primero que el estrés nos roba porque el cerebro considera que recordar el nombre de un concepto técnico es un lujo que no se puede permitir cuando cree que estamos en peligro. No soy psicóloga ni pretendo dar lecciones, pero entender que mi cerebro no estaba 'roto', sino simplemente agotado, me ha quitado un peso enorme de encima.
Si os pasa como a mí, recordad que no sois vuestros despistes. A veces, la mejor forma de recordar es, paradójicamente, dejar de intentar recordarlo todo a la vez y permitirnos ser un poco más metódicas y menos autoexigentes. Estos apuntes los saqué principalmente de un curso sobre gestión de la carga mental que me ayudó a ponerle nombre a lo que me pasaba en aquel 2020 y que sigo repasando cada vez que la niebla vuelve a aparecer por el aula.