
Ese lunes de noviembre empezó como cualquier otro en el colegio, con el barullo típico de los niños quitándose las chaquetas, pero terminó siendo el día que me asustó de verdad. Estaba frente a la pizarra, tiza en mano, y de repente me quedé mirando el verde del encerado sin recordar qué palabra iba a escribir a continuación; sentí un vacío absoluto frente a veinticinco pares de ojos que esperaban algo de mí. Noté ese nudo frío en la boca del estómago justo antes de entrar al aula que hace que las palabras se me enreden en la lengua, y me di cuenta de que mi agilidad mental estaba bajo mínimos.
12 de noviembre: ¿Por qué me quedo en blanco si me sé el tema de memoria?
Antes de ponerme a estudiar esto por mi cuenta, yo creía que quedarme en blanco era una señal de que me estaba haciendo mayor o de que mi memoria simplemente era mala. Me frustraba pensar que mi mente de treintañera funcionaba peor que la de mis alumnos por culpa de ese runrún que me acompaña desde el confinamiento de 2020. Pero en el curso que hice sobre memoria extraordinaria, la profesora explicaba que no es que la información desaparezca de la cabeza, sino que el acceso está temporalmente cortado.
Lo que aprendí es que el estrés dispara el cortisol, y resulta que el hipocampo —que es como el bibliotecario de nuestro cerebro— tiene una sensibilidad muy alta a esta hormona. Cuando el nivel de estrés sube demasiado, el bibliotecario se asusta y cierra la puerta. La información está ahí dentro, en las estanterías, pero tú te quedas fuera golpeando la puerta sin éxito. En el curso lo planteaban de esta manera: el bloqueo no es un fallo de almacenamiento, sino un fallo de recuperación provocado por una alarma química.
Como maestra (perdonad la deformación profesional), me gusta anotar estas cosas en mi cuaderno de notas rugoso, donde escribo con bolígrafo azul todas las dudas que me surgen. Me tranquilizó saber que no es que me esté volviendo tonta, sino que mi sistema de alerta está demasiado sensible. Eso sí, lo que todavía no tengo claro es por qué a unas personas el cortisol les bloquea la memoria y a otras parece que les da alas para hablar por los codos, supongo que cada cerebro es un mundo.

Durante el segundo trimestre: ¿Cuántas cosas podemos retener a la vez?
A medida que avanzaba el curso escolar, me di cuenta de que mi agilidad mental también fallaba porque intentaba abarcar demasiado. ¿Os pasa que intentáis recordar la lista de la compra, el nombre del padre de un alumno y lo que tenéis que comprar de papelería, todo a la vez? En mis apuntes encontré algo llamado la Ley de Miller, que dice que nuestra memoria de trabajo solo puede manejar unos 7 más o menos 2 elementos simultáneamente. Si intentas meter el octavo o el noveno mientras estás estresada, el sistema colapsa.
En el material del curso explicaban que para mejorar la agilidad ante el bloqueo, hay que liberar carga cognitiva. Yo antes pensaba que la agilidad mental era ser capaz de hacer malabares con diez pelotas a la vez; ahora entiendo que la verdadera agilidad es saber cuáles dejar en el suelo para que no se te caigan todas. Por eso, cuando noto que la cabeza se me dispersa, intento aplicar lo que aprendí sobre compartimentar la información. A veces me ayuda mucho revisar cómo mejorar la concentración para corregir exámenes, porque ahí es donde más noto ese agotamiento de la memoria de trabajo.
Lo que sigo sin pillar del todo es cómo algunas personas parecen saltarse esta norma de los siete elementos. Supongo que tiene que ver con cómo agrupan la información, pero a mí todavía me cuesta horrores no sentir que el cerebro se me satura en cuanto me piden tres cosas seguidas en el recreo.
Una tarde de mayo: El truco de los pasillos del colegio
Una de las técnicas que más me voló la cabeza fue el Método de Loci. Tiene una antigüedad de unos 2500 años y se basa en que nuestra memoria espacial es mucho más resistente al estrés que la memoria de nombres o datos puros. La profesora del curso decía que los circuitos neuronales que usamos para orientarnos en el espacio son diferentes a los de la memoria semántica, por eso es más difícil que se bloqueen del todo.
Empecé a usar los pasillos de mi centro como anclas visuales. En lugar de intentar recordar una lista de tareas para el claustro, las "colocaba" mentalmente: el acta en la puerta de secretaría, el presupuesto en la fuente del patio y la excursión de quinto en la estatua de la entrada. Es curioso, pero cuando me entra el estrés y siento que me voy a bloquear, cerrar los ojos un segundo y "pasear" por ese palacio mental me devuelve la agilidad mucho más rápido que intentar forzar el recuerdo de forma lógica.
Esto me ha servido también para lidiar con esos momentos de problemas de memoria por cansancio mental que me daban cada tarde al llegar a casa. No soy psicóloga ni experta, solo soy una maestra que apunta lo que le funciona, y esto de usar el espacio me parece pura magia. Lo que aún no tengo claro es si este método tiene un límite de "habitaciones" o si llegará un momento en que mi palacio mental esté tan desordenado como mi cuarto de la plancha.

Hace un par de semanas: Por qué relajarse a la fuerza es una mala idea
Aquí viene lo que más me sorprendió y que contradice casi todo lo que solemos escuchar. Siempre nos dicen: "si te bloqueas, relájate, respira hondo". Pues resulta que, según lo que estudié en el último módulo, forzar la relajación profunda durante un bloqueo mental agudo suele ser contraproducente. ¿Por qué? Porque tu cuerpo está en modo lucha o huida, y decirle que se relaje es como intentar apagar un incendio forestal con un pulverizador de plantas: solo genera más frustración al ver que no lo consigues.
El enfoque que proponían en el curso, y que me ha funcionado de maravilla, es el de realizar una tarea física de alta intensidad durante un minuto para resetear el sistema nervioso mediante la activación, no la relajación. Si noto que me bloqueo antes de una reunión importante, en vez de sentarme a respirar (que suele hacerme pensar más en el bloqueo), me voy al baño y hago diez sentadillas rápidas o subo y bajo un tramo de escaleras a buen ritmo. Ese pico de actividad física "consume" parte de la adrenalina sobrante y, de alguna manera, le dice al cerebro: "ya hemos corrido, ya estamos a salvo, puedes volver a abrir la biblioteca".
Es una forma de agilidad mental que no pasa por el pensamiento, sino por el cuerpo. A veces, si el bloqueo viene acompañado de sensaciones físicas raras, me viene bien recordar lo que escribí sobre cómo gestionar los mareos por ansiedad, porque al final todo está conectado. Lo que todavía se me escapa es el mecanismo exacto por el cual el ejercicio muscular libera el bloqueo cognitivo de forma tan instantánea, pero os aseguro que funciona mejor que repetirse "tranquila, Irene, tranquila".
Reflexiones finales desde mi cuaderno azul
Al final, he aprendido que la agilidad mental no consiste en ser la más rápida de la clase, sino en tener herramientas para bajar el ruido cuando el sistema entra en pánico. No doy nada por hecho, simplemente voy aplicando lo que el curso de memoria extraordinaria me ha ido enseñando y lo voy adaptando a mi vida entre tizas y exámenes. Acepto que habrá días en los que el hipocampo decida cerrar por vacaciones y que eso no me hace peor profesional.
Eso sí, quiero dejar claro que yo hablo desde mi experiencia como maestra que estudia su propia ansiedad. Si sentís que vuestros bloqueos son muy frecuentes, si tomáis medicación o tenéis un diagnóstico, lo mejor es que consultéis con un profesional de la salud mental. Mi cuaderno es solo una guía de supervivencia personal, no un sustituto de la terapia.
Me despido por hoy, que tengo una pila de fichas de naturales esperándome y creo que voy a necesitar usar mi palacio mental para no dejarme ninguna sin corregir. Si os sentís identificados con estos bloqueos, espero que estos apuntes que saqué de mis cursos os sirvan para ver que vuestra mente sigue ahí, solo que a veces necesita que le abramos la puerta de una forma un poco diferente.